En Latinoamérica la propensión es esa. Cuando las mujeres compiten por la presidencia rara vez pierden. Las actuales jefas de Estado de Argentina, Brasil, Costa Rica y Trinidad Tobago, confirman la regla. No quiere decir que la tendencia de la femineidad es sinónimo de buen gobierno. Hasta ahora la más eficiente fue la chilena Michelle Bachelet que se retiró el año pasado con 86% de aprobación y la más popular, la primera electa, Violeta de Chamorro. En el medio, y olvidadas, quedaron la panameña Mireya Moscoso, la argentina Isabelita de Perón y la boliviana Lidia Gueiler. Las dos últimas asumieron por circunstancias ajenas a los votos y salieron por golpes de Estado.
Habrá que ver si Cristina de Kirchner se anima por la reelección, a pesar de su gobierno polémico e ineficaz; si la brasileña Dilma Rouseff puede darle más valor agregado a un país que Lula da Silva le dejó servido en bandeja; o si la costarricense Laura Chinchilla, fortalecerá su inadvertida imagen por su pugna limítrofe con Daniel Ortega. A excepción de Nicaragua donde Ortega burló la Constitución para optar por la reelección, desbancando las aspiraciones de su esposa, Rosario Murillo el verdadero poder detrás del trono, la búsqueda del continuismo, la lealtad política y los límites legales, hizo que en varios países las primeras damas optaran por arreglos matrimoniales al estilo Kirchner, para aspirar al sillón presidencial.
El acomodo más veleidoso fue el reciente divorcio de la primera dama guatemalteca, Sandra Torres, al burlar prohibiciones constitucionales de consanguinidad. Considerada también la mujer detrás del poder, Torres ni se ruborizó al separarse del presidente Alvaro Colom, con un discurso que envidiaría el demagogo más avezado: "’No soy la primera ni la última mujer que se divorcia en este país, pero sí la primera que se divorcia por Guatemala”. En la tortuosidad del camino, Torres tendrá que verse con hombres que le achacarán su artimaña y con la premio Nobel de la Paz, Rigoberta Menchú, quien ya inscribió su propio partido de caras a la contienda.
Pero no todo lo que reluce es oro. En aquellos países donde hubo o hay presidentas, las mujeres no supieron o pudieron capitalizar su ascenso político. Brasil solo tiene un 8,5% de legisladoras o 44 de 531 puestos; le sigue Panamá con un 8,6% de entre 109 bancas. En Chile un 13,3% de los 120 diputados son mujeres, mientras en Nicaragua son un 18,2% de 92 escaños. Los mejor posicionados son Costa Rica con un 38,6% y Argentina con un 38,5% de 257 bancas en Diputados.
A finales de los 80, cuando realizaba tareas reporteriles, me fascinaba hurgar los nombres de candidatas que los partidos políticos inscribían en sus boletas electorales. Una vez, al notar que no había una sola, en una lista de 40 aspirantes, usé el título de la famosa película de Pedro Almodóvar, "Mujeres al borde de un ataque de nervios”, para sintetizar la bronca entre las electoras por tal desigualdad. Hoy, Keiko, sus colegas candidatas y presidentas, demuestran que el nerviosismo por la desigualdad electoral ya no raya en la histeria, pero aún es fuerte.
