"…Chiquillos perdidos en un laberinto de desamor y locura; seres …abandonados al vacío de la calle, sin porvenir, condenados a la nada.”

 

Voy a hablar de niños. Todo el mundo ve las imágenes por televisión: criaturas inhalando pegamento, fumando paco o envenenándose para siempre con otras porquerías, pueblan a su triste modo las ciudades de un país que se ha acostumbrado a mirar y no reacciona; chiquillos perdidos en un laberinto de desamor y locura; seres como nosotros o nuestros hijos, abandonados al vacío de la calle, sin porvenir, condenados a la nada. El covid es buen pretexto para ocultar dramas igualmente graves.

Quien tiene el deber moral y constitucional de proteger la infancia y la igualdad ante la ley, no discriminar y cumplir el mandato sagrado de proveer al bienestar general, también sólo mira y no hace nada.

Un muchacho que, en el mejor de los casos, tuvo la suerte de terminar el secundario, sale a la calle y choca contra el umbral desdichado de la desocupación; entonces se une a la comparsa de aquellos impúberes y busca desalentadamente una respuesta que no se le da.

Una especie humana que es tratada como animales de la calle, al final reacciona como puede. Perdidos en laberintos de incomprensión, desalojados silenciosamente de la sociedad, amargamente comprenden que no tienen dentro de los parámetros sociales un rol; entonces esta generación cada vez más grande procede con las reacciones que sus destrozadas fuerzas le permiten. Desocupados, excluidos, sin herramientas para desempeñarse en una sociedad de ciegos, mudos y ausentes, pueden caer en la trampa del delito por necesidad y luego en la sin razón de la muerte de sus semejantes. Otros, atrapados por el demonio de la droga, enfermos de venenos y desafecto, convertirse en un símil de animales de la calle soltados a huecos hostiles e indiferentes, sin horizonte, caído en la enfermedad de la cuasi locura.

La misma televisión que los exhibe como entes inútiles, deambulando por calles y plazas cual palomas casi muertas que ya no interesan, caricaturas de una niñez frustrada, muecas siniestras de espejos donde no nos queremos ver, exhibe otros niños empuñando armas como trofeos, con las cuales destrozan las vidas que se ponga al paso, porque para ellos ese extraño don de vivir que se les regaló se ha convertido ha caído en desuso y ya no tiene valor alguno. En esta usina se generan estas deformidades. Hay que tomar la calle, pero para salvarlos.

 

Por el Dr. Raúl de la Torre
Abogado, escritor, compositor, intérprete