La ciudadanía colombiana definirá mañana, en una segunda vuelta electoral, quién será el nuevo presidente de la República entre los dos candidatos más votados el 25 de mayo último, Juan Manuel Santos, que aspira a su reelección y Oscar Iván Zuloaga, un economista de centro-derecha con creciente consenso en la población. La nueva etapa democrática que encara Colombia es también un punto de inflexión en un país que se exhibe como la economía más próspera de América latina, debido a sus excelentes índices de crecimiento, pero también con graves conflictos internos que ha dividido a una sociedad heterogénea que arrastra un enfrentamiento de medio siglo con la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), con un saldo de más de 200.000 muertos. Terminar para siempre con la insurgencia es parte de la estrategia electoral del oficialismo.

Precisamente Juan Manuel Santos viene apostando su reelección a una sola carta fuerte: el proceso de paz con la guerrilla, que se discute desde hace un año y medio en La Habana, pero con acuerdos parciales. Además promete hacer reformas a la Justicia, al sistema de pensiones y al sistema de salud, cambios que prometió durante su gestión pero sin llegar a concretarlos, además de ser partidario de despenalizar el consumo de droga.

Por eso Zuloaga intenta sacudir la apatía política de los votantes con programas sociales para acabar la pobreza que castiga a un 40% de la población, el sector que está cansado de la guerra y de la desigual distribución de los beneficios del auge económico mostrado por Santos.

Falta ahora el pronunciamiento de un electorado apático ante comicios que no son obligatorios.