Me sentí tentado de decirle -y lo hice- que pensaba que iba a ser gobernador algún día. Se había preparado desde la cuna para llegar, pero pensar en aquellos días que podría seguir la parábola de su padre don Leopoldo era una fantasía menos verosímil que una de Indiana Jones.
Eran los tiempos en que el Bloquismo había llegado a su mínimo histórico, a la salida del gobierno de la Alianza. Más en el fondo de la tabla que hoy: Fuera del Congreso Nacional y de la Legislatura provincial, y con una aureola familiar en declive, cacerolas sonando cerca de casa, imagen en baja.
¿Cómo pensar entonces que a ese hombre joven y de espíritu templado le alcanzaría con su tesón para alcanzar la cúspide del poder provincial? Sencillo: los momentos van y vienen, y si no habrá que preguntarle al propio José Luis Gioja, compañero suyo en eso de ser blanco de los petardos ocasionales, cuando su imagen rendía más disgustos que alegrías y hoy aparece al borde de la estatua. Lo que hay que tener es otra cosa: olfato para detectar cuáles son los hilos del poder, una vocación a prueba de balas, inquietud y oportunismo. Polo, igual que su padre, los tenía.
La última vez que lo ví, llegó a conmoverme. Espadeaba contra la fragilidad de sus dos pasiones aquella fría tarde de un sábado: la de su vida, inquieta y pendiente del amor de su familia; y la de su partido, incierto destino de una sigla que supo de glorias y debía conformarse con las migas.
Estaba flaco, pero repetía a cada rato su optimismo por el futuro de esas dos pasiones, su vida junto a su familia, y su partido. Estaba acompañado por una compañera leal de sus últimos tiempos políticos, Graciela Caselles. Y estaba orientado por ese espíritu indómito que sólo tienen unos pocos, y que cotiza cada vez más en el revalorizado terreno de la política: la pasión, hasta las últimas fuerzas.
Luchó a brazo partido hasta el final por mantener el respirador artificial para el Bloquismo, recibido por herencia familiar pero hecho carne por vocación. Aún al costo de tolerar gruesas ingratitudes, de no encontrar solución al destino de chocar con amigos con los que se crió en el patio del partido, de quedarse sólo en una estructura vaciada. El ya se fue y el partido queda, habrá que ver en qué condición.
El problema es que en política no ha dejado herederos claros que se beneficien de su estela, como Alfonsín con Ricardo o Kirchner con Cristina. Ocurre a menudo: si la muerte resulta irremediable, al menos que resulte un soporte espiritual para volver a templar ánimos a fuerza de recuerdos, porque siempre quedan los buenos. Pero en su caso, ni sus hermanos ni los dirigentes cercanos se ponen en fila para capitalizar el envión: manejaron otra línea de afinidades y de destrezas.
No es fácil ser "hijo de". Y menos de un hombre que marcó a fuego la historia provincial, donde la mera pronunciación de su nombres se convirtió el motivo de respeto y reverencia, como lo fue don Leopoldo. El asunto fue que a Polo le tocó crecer en los tiempos en los que ser un Bravo no era precisamente una ventaja. De allí que las furias caceroleras lo tuvieran entre ceja y ceja. No por él, sino por lo que significaba: el que se vayan todos de principio de siglo apuntaba impiadosamente a los familias del poder, los que habían monopolizado el control bajo el cual todo se vino abajo. Y allí estaba Polo, que era lo más visible.
Aún así, el primogénito de don Leopoldo y doña Ivelise supo cómo remar. Sobrellevó el fastidio popular y lo fue convirtiendo de a poco en reconocimiento. Usó para eso el instinto genético: olfatear para qué lado van las cosas y adecuarse a ellas, como por años lo hizo su padre desde el sillón de un partido provincial y acordando con cuanto dinosaurio nacional hiciera falta.
Fue así Polo el que mejor comprendió la filosofía partidaria derramada por don Leopoldo. Al menos en cuanto a la vocación de ser oportunista en la relación de la política provincial con la nacional, porque lo otro que distinguía a su padre, el carisma, no se consigue en las farmacias. Si el viejo caudillo fue embajador de Perón, funcionario de la dictadura, fanático alfonsinista o nexo del menemismo.
Polo había entendido acertadamente que el futuro por varios años eran los Kirchner. Lo hizo desde el principio -incluso se subió al escenario de la ya mítica promesa de Kirchner-Scioli en su campaña de 2003-, y lo hizo con una mezcla de convicción y sentido de la orientación.
Después tuvo que soportar cómo se derramaban los comentarios de las primeras filas partidarias en queja porque, afirmaban, se entrega el partido por una embajada en Rusia. Llegó a Moscú pese al rechazo de correligionarios y amigos que encuadraban el desembarco como una jugada personal, en una descalificación que le dolió profundamente y soportó en silencio.
Mantuvo hasta el final de sus días esa fidelidad hacia Kirchner, pero también hacia el grupo empresario que lo impulsó y lo sostuvo, y hacia José Luis Gioja. Con el gobernador no fueron íntimos, pero se dispensaban un aprecio muy especial: por haber recorrido juntos los malos tiempos y por manejar códigos similares de relación política. Los viejos códigos.
Eso hizo que pudiera avanzar el acuerdo PJ-Bloquismo que tanto ruido hizo dentro del partido, pero que claramente lo sacó del pozo: así, la estrella consiguió instalarse otra vez en el Congreso, volver a la Legislatura, agarrar un manojo de concejalías y un par de intendencias.
La desgracia hizo que Polo Bravo no pudiera cosechar con fuerzas y energía los buenos tiempos de su liderazgo, después de haber remado tanto. Y que pasara sus últimos días buscando posiciones intermedias, jugando tanto con los que le fueron fieles en su manera de pensar (Caselles, Sancassani) como con los que siempre opinaron distinto (Conti, sus hermanos, Turcumán). Al fin y al cabo, de qué valía confrontar con sus afectos en el ocaso de su vida: entonces, armó estructura tanto para si luego de su desaparición el partido decidía seguir con Gioja, como para si decide enfrentarlo.
Ahora, se abre el sucesorio en el partido. Y no hay demasiado tiempo para pensar por qué en un puñado de meses habrá que decidir alianzas para las elecciones del año que viene. Volvieron las voces de los que se habían ido, ahora aceptando volver pero fuera del paraguas del PJ. Y parecen ser más -y de opiniones gravitantes- los que prefieren eses camino, el opuesto al que emprendió Polo.
Graciela Caselles, una defensora de la relación con Gioja y a cargo transitorio del partido, fue moderada en el día después entreabriendo las puertas a un cambio de rumbo. Pero lo que ocurre entre el sector anti-G es que se pasan la pelota entre todos y nadie asoma de manera frontal para agarrar el timón del partido.
Es que la vara de lo que hizo Polo con Gioja está muy alta, y cualquier paso en falso puede significar que el Bloquismo pase a ser un buen recuerdo del siglo pasado: ¿quién querrá ponerle la firma como presidente?
Sacando cuentas, para obtener un diputado proporcional como tiene hoy, necesita sacar el 6% de los votos: ¿Lo conseguirá solo? Para conservar su verdadero fortín, el municipio de Iglesia, deberá derrotar a un candidato giojista (que no tiene y eso le juega a favor). Para conservar los dos concejales capitalinos necesita más del 15% de los votos. Para un diputado o un senador nacional necesita salir segundo yendo solo, y a poca distancia.
El problema es que yendo junto a Gioja como hasta ahora, tampoco tiene garantías porque se le fue el principal negociador. Por eso es que igual que con las muertes más recientes, a Polo ya se lo haya empezado a extrañar. Como dirigente, seguro. Como persona, también.

