En los últimos días ha sorprendido el hallazgo de restos calcinados de algún satélite o cohete, en zonas agrícolas de Alicante y Murcia, en el sudeste de España, alertando sobre un riesgo latente que pesa sobre la Tierra debido a congestión de aparatos que orbitan el planeta y se precipitan al terminar su vida útil.

La llamada lluvia de basura espacial es más frecuente de lo que se supone y se comprueba en una noche despejada por las estelas que dejan los objetos como si fuesen meteoritos. Existen más de 600.000 objetos de menos de diez centímetros y otros 20.000 de mayor tamaño, orbitando en desuso, obstaculizando nuevas misiones, aunque los científicos aseguran que en el 99% de los casos la chatarra se desintegra y consume al ingresar a la atmósfera. Además, el seguimiento es intenso y hasta el momento no se tiene conocimiento de accidentes o heridos causados por la caída de basura espacial en áreas pobladas. El resto de la chatarra cae al mar, una lógica respaldada porque el agua cubre las tres cuartas partes de la Tierra, pero si bien este informe nos da tranquilidad, también es cierto que cada vez son más los países con satélites en órbita, caso de los argentinos Arsat I y II, y con el desarrollo de nuevos materiales plásticos, refractarios, y nucleares que pueden resistir la calcinación atmosférica.

Los que, por el contrario, sí corren serios riesgos son los astronautas y las misiones porque a 25.000 kilómetros por hora, una partícula de pintura puede matar al perforar el traje, aunque el mayor peligro lo corren los satélites, de manera que los operadores terrestres deben maniobrar continuamente para evitar chocar con la chatarra, y hasta se han perdido misiones espaciales por colisiones.