Después de tantos dimes y diretes, se consumó finalmente la idea fantasmagórica de someter a los designios del voto popular, a candidatos testimoniales. Como entiendo que desde lo más elemental del sentido común, esta decisión degrada y deshonra el ejercicio de una practica cívica que debe asumirse con transparencia y responsabilidad democrática, no voy a sumar algo más, a lo mucho que ya se ha expresado respecto de este tema. Lo que si deseo expresar, son algunas reflexiones que desde mi modesta perspectiva personal, me parecen inquietantes.

No me parecen correctos los esfuerzos que buscan instalar como idea central, de que tanto la suerte de la institucionalidad como la de nuestra vida democrática, dependan de una elección parlamentaria. Manifiesto esto, porque es desde la propia realidad institucional que emerge el rol de cada uno de los poderes del Estado, y es desde de los propios derechos constitucionales que irrumpe la potestad ciudadana, de elegir libremente a nuestros representantes. Tampoco me parece sensato, sugerir que la democracia está en juego cuando se vota en un sentido u otro, porque es precisamente desde su propia esencia y naturaleza, que surge la exigencia de saber contar con un oficialismo y una oposición que sean tan fuertes como inteligentes y, porque es a partir de la propia concepción democrática, desde donde se recrea la necesidad de avanzar en un constructivo y sano debate parlamentario; desde donde se demanda la búsqueda de consensos y, desde donde se reclama en forma permanente, la suscripción de acuerdos políticos que privilegien tanto el bien general, como el interés nacional. Por esta razón la democracia no establece bajo ninguna forma, que para gobernar se requiera la existencia de una mayoría parlamentaria absoluta.

En este contexto y al calor de todo lo que ha generado la existencia de estas candidaturas testimoniales, quiero compartir las expresiones del Ministro Zaffaroni quien ha dejado traslucir que nuestro dilema no se restringe a un problema de carácter democrático e institucional, sino que se circunscribe, a la existencia de un sistema presidencialista que en estos últimos 30 años ha sido incapaz, de resolver los problemas estructurales que nos afectan como nación. Desde esta realidad es posible que se pueda encontrar una respuesta, al hecho de que ubicados entre los 8 países más grandes del orbe y entre las 10 naciones potencialmente más ricas del mundo, contemos con más de 15 millones de compatriotas que se disputan un lugar entre la marginalidad, la pobreza y la indigencia, y una respuesta también, a los lacerantes problemas asociados con la inseguridad, educación, drogadicción, corrupción etc., que día a día no solo aportillan los sueños de nuestros hijos, sino que los empujan a no creer e imaginar que una Argentina distinta, es posible.

Como nos encontramos en el umbral de un nuevo acto eleccionario, estimo que este es el momento adecuado para realizar algunos sinceramientos. En este sentido considero que lo primero que tenemos que sincerar, es que nuestros gobernantes no pueden focalizar su gestión en una lucha encarnizada por el poder de turno, ya que lo que se gobierna en un País preciado de serio, no son estas luchas estériles y banales, sino que el futuro y bienestar de todo el pueblo y nuestra gente. Si lo que verdaderamente esta en peligro es la institucionalidad y vida democrática, de la única manera que se la puede resguardar y fortalecer, es a través de la existencia de partidos políticos fuertes, orgánicos y vigorosos y con un oficialismo y una oposición, que cuenten con ideas, principios y convicciones, pero más que nada, con propuestas, programas y proyectos.

Por esta razón, quiero realizar un respetuoso llamado a quienes hoy legítimamente participan de esta nueva compulsa electoral. Esta es la primera vez que en el contexto de una política de estado provincial de largo plazo, la infraestructura, el turismo, la agroindustria y minería, se constituyen en los ejes fundamentales del desarrollo y crecimiento económico, que se aspira para nuestra provincia. No permitamos, que por esa especie de antinomia que rara vez nos brinda la sabiduría de saber oírnos y escucharnos, se coarte la posibilidad de debatir y consensuar con altura y con grandeza, todo lo que debemos hacer y todo lo que tenemos por construir, como concepto de futuro. Sepamos apreciar, que el problema sustancial no radica ni en las diferencias políticas ni en los desencuentros, sino que en la necesidad de saber advertir que contrariamente a lo que ocurre con el resto de las provincias del país, hoy con todos nuestros aciertos y virtudes, contamos con un camino a recorrer y con un norte definido. Hagamos de ese invalorable sitial que nos ofrece nuestra enmarañada democracia, un espacio que no solo haga sentir nuestras dudas, inquietudes y diferencias, sino que desde el seno de nuestra propia diversidad, permita ir consolidando nuestro progreso y nuestros sueños y esperanzas.