Hay motivos para alegrarse ante los avances de la medicina sobre el Síndrome de Down. Quienes lo padecen viven el doble respecto de años atrás, gracias al progreso de la cardiología y a que la mayoría vive con sus familias, donde se logra una mayor integración. Ésta no es fácil; implica dejar de lado prejuicios que rigen nuestra forma de ser en el mundo y muchos en lo educativo, cambiar la escala de valores y atreverse a ser creativos en la noble tarea de formar caracteres y transmitir la cultura.
Los niños con capacidades diferentes son los pequeños por excelencia, los infinitamente expuestos en su inocencia raigal. Y en esa pequeñez y aparente discapacidad, se encierra su mayor capacidad. La llegada del hijo discapacitado a la familia es un golpe duro para la autoestima de los padres, que aspiran a ser cocreadores de vida, y que ésta sea lo más parecida a la perfección, a veces entendida como narcisismo. Lo es también para los otros hijos, que afrontan con desconcierto la llegada de lo diferente. El apoyo de las instituciones, de matrimonios o familias que han pasado por experiencias similares, y la difusión son fundamentales para vivir con normalidad la difícil experiencia del advenimiento de la discapacidad a la familia.
La Asociación Síndrome de Down de la República Argentina (ASDRA) es un ejemplo en la materia. Cuando un discapacitado descubre que es aceptado por su familia no sólo evoluciona notablemente, sino que devuelve el ciento por uno. No hay integración sin aceptación, y aceptar a un discapacitado es un acto de amor. En la escuela integrada, a los niños se les enseña a apreciar el valor que encierran las individualidades; a mirar qué es lo que subyace bajo la apariencia, y a los maestros los ayuda a entender que todos somos limitados en algo. En el trabajo, cualquier persona con síndrome de Down mejora la actividad del conjunto. En lo deportivo, muestra por la sola presencia el profundo respeto que debemos tener por el otro, y en lo religioso, basta verlos participando de una ceremonia para que se refuerce en nosotros el respeto por el misterio de una comunicación que nos supera.
La sociedad debe generar un cambio que dé oportunidades a todos, especialmente a quienes además de su discapacidad viven la pobreza. Es necesario un compromiso real, sustentado en la legislación y en políticas adecuadas.
