La educación argentina sigue cuestionada por los especialistas que señalan la urgencia de volver a la excelencia perdida, para revertir los resultados de las pruebas internacionales, y de la opinión pública, preocupada por una calidad que no se compadece con los mayores presupuestos destinados a la educación.

También se plantea en el debate los numerosos ensayos con carácter de correctivos, de dudosos resultados a la hora de evaluar resultados concretos. En particular, cuando los egresados del ciclo básico intentan seguir una carrera universitaria. En medio de los cruces por responsabilidades sin resultados que muestren eficiencia, se conoció la semana pasada el nuevo Régimen Académico de la escuela primaria bonaerense, aprobado por el Consejo General de Educación, los tres partidos políticos mayoritarios y los sindicatos docentes de la provincia.

El documento de 60 páginas y 8 capítulos abarca una diversidad de asuntos inherentes a la organización pedagógica y funcional, pero el detonante son cuatro puntos: la promoción con materias previas; la posibilidad de que chicos con sobre edad que vuelven a la escuela sean inscriptos en los años compatibles con su edad biológica; la posibilidad de que el abanderado no sea sólo el alumno con mejor promedio sino con dotes artísticas, deportivas o solidarias y un nuevo sistema de calificación. Se eliminan de las notas 1, 2 y 3 y el 4 pasa a ser la nota más baja.

Las primeras reacciones, incluso de docentes y padres, observan la política del facilismo, mediocridad del sistema, falta de transparencia, ocultamiento de información precisa crucial para alumnos y sus familias, con una dosis de populismo. Sin embargo, lo que escandaliza es en realidad lo que muchísimos padres demandan a las escuelas, que sus hijos pasen de grado, no importa cómo lo hagan, lo que es motivo de choques entre docentes y progenitores. Es más, la demanda familiar parece tener un capítulo específico cuando se señala en un párrafo que se debe "garantizar la permanencia, promoción y egreso en las mejores condiciones de igualdad y justicia social”, casi una respuesta a las aspiraciones de los demandantes. Pero en ningún lugar se habla de calidad o excelencia educativa a fin de que la Argentina tenga posibilidades ciertas de ascender en la tabla de las evaluaciones, ya no del contexto global, sino de América latina.