Todavía hoy millones de personas, de todas las edades y naciones,
se someten a la pertenencia de poderes avaros, que los utiliza
como mercancía. Pienso en tantos emigrantes a los que se
les niega todo, hasta ser detenidos sin miramiento alguno y, en
bastantes ocasiones, en condiciones inhumanas. Olvidamos que
cualquiera de nosotros puede ser un migrante. No desdibujemos
situaciones que son de auténtico calvario.

La mayoría de los mortales que han tomado la decisión de huir,
lo hacen por extrema necesidad, para escapar de los conflictos
o de la persecución. Lo único que buscan desesperadamente es
un lugar donde vivir en paz. También recapacito sobre la riada de
personas obligadas a ejercer la prostitución, a ser esclavas sexuales, sin tener derecho alguno. Medito, finalmente, pensando
en esa otra multitud de gente, a la que se adoctrina para aceptar
la esclavitud de la sumisión, siéndolo de sí mismo. Por no citar a
esa otra muchedumbre, dispuesta a hacer cualquier cosa con el
insólito fin de enriquecerse la persona sola o sus íntimos colegas.
Se han trastocado los valores humanos, y el camuflaje de mentiras
que nos acosa, acaba por dejarnos sin argumentos. El resultado
es de una fortaleza sanguinaria que nos deja sin palabras.
La comunidad internacional debería multiplicar los llamamientos
hacia el sentido humano del planeta. Nos hemos dejado robar el
corazón con leyes injustas, centradas en los poderosos, y no en
la persona a la que la misma sociedad no le deja ni levantar cabeza.

Sin duda, para derrotar este espíritu de permanente esclavitud,
se precisa cambiar el modo de ver al prójimo y cambiar la
manera de vivir.

Tenemos que recuperar, pues, las rosas existenciales, o lo que es
lo mismo, renacer de estas cenizas que todo lo contaminan de
deshumanización, favoreciendo el desarrollo de los pueblos sobre
la fuerza de la consideración hacia todo ser humano. Se impone,
en consecuencia, el combate espiritual contra todos estos
desajustes y desórdenes humanos.

Nuestro compromiso, por consiguiente, tiene que ir más allá de
las palabras y de las acciones, ha de ser tomado como una actitud
de buscar efectivamente el bien colectivo. Esto implica valorar
a todo ser humano, con su forma de ser, injertado en su cultura,
con la libertad precisa y más allá de las apariencias. Los
moradores tienen que aprender a amarse por el camino de la liberación.

Únicamente, desde este auténtico hábitat de donación
es posible comprender actuaciones, compartir vivencias, sentir la
comprensión, y la opción preferencial por cada ciudadano habite
donde habite.

En efecto, es necesario también hacer una mención a la compasión
como actitud benevolente, de mano tendida que, en absoluto,
ha de ser un ejercicio de poder, ni una demostración de
generosidad, sino una búsqueda en el camino del encuentro.

Sólo un proceder de sensatez y gratuidad hará posible la cooperación entre unos y otros. De lo contrario, continuaremos practicando un sometimiento ilógico e irracional. En cualquier caso,
no esperemos a mañana; cojamos desde hoy la senda del intelecto,
obviemos la necedad, y pongámonos todos en disposición
de caminar, con el auxilio como compañía; que, por otra parte, es
la única manera de contribuir al crecimiento en humanidad de
nuestro mundo. La esperanza, ya saben, es lo último que se
pierde. Somos así de esperanzados por naturaleza.