En noviembre pasado, el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística anunciaba que la desocupación en ese país descendía a un 5,2%, la cifra más baja desde 2002, un dato significativo si se tiene en cuenta que una economía alcanza el nivel de pleno empleo cuando la desocupación no supera el 4 por ciento. Un mes después, el Centro de Investigaciones en Economía y Negocios, de Gran Bretaña, consignaba que Brasil acaba de convertirse en la sexta economía mundial, detrás de Estados Unidos, China, Japón, Alemania y Francia.
Es la primera vez que el Reino Unido queda ubicado debajo de una nación latinoamericana en este ranking de poderío económico internacional. En los ocho años de gobierno de Fernando Enrique Cardoso (1995-2003), del Partido Social Demócrata Brasileño (PSDB), Brasil logró a través del Plan Real controlar el flagelo de la inflación y equilibrar sus cuentas fiscales. Luego, en los ocho años de gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva (2003-2010), hubo notables avances sociales a través de programas de redistribución de los ingresos y mantuvo un fuerte ritmo de crecimiento económico, sólo comparable al de las otras naciones del emergente grupo de potencias apodado BRIC (Brasil, Rusia, la India y China). De este modo, en los últimos diez años, 28 millones de brasileños salieron de la miseria y 36 millones se incorporaron a la clase media.
Si bien el PBI llegó en 2011 a los 2,4 billones de dólares, las inversiones extranjeras alcanzaron el récord de casi 65.000 millones de dólares y el desempleo descendió en noviembre pasado a su mínimo histórico, 5,2%, el PBI cerró el año pasado con un aumento de tan sólo el 3%, muy por debajo del 7,5% de 2010, y que la inflación, del 6,5% tocó el techo de la meta fijada por el gobierno a principios de 2011, en 4,5 por ciento. A pesar de tener el sexto PBI del mundo, el país todavía necesita invertir más en las áreas social y económica, pudiendo demorar entre 10 y 20 años en lograr que el ciudadano brasileño tenga un nivel de vida europeo. No obstante que ha triplicado la renta per cápita en la última década, estando hoy en 12.000 dólares por año, este promedio debe llegar a 25.000 dólares anuales para que los 190 millones de brasileños puedan gozar de un nivel de vida satisfactorio.
Brasil no deja de asombrar en cuanto a su crecimiento, pero también es necesario imitarlo en la lucha contra la inflación y la corrupción: dos medidas que han llevado a que la Presidenta Dilma Rousseff tenga un 72% de aprobación personal.
