La gran popularidad del presidente de Brasil, Luis Inacio Lula da Silva, no fue suficiente para que su candidata Dilma Rousseff lograra la mayoría absoluta en la primera vuelta de las elecciones presidenciales del domingo pasado. La candidata del Partido de los Trabajadores (PT) se quedó a las puertas del triunfo, con el 46,8% de los votos, debiéndose enfrentar en una segunda vuelta al socialdemócrata José Serra, que obtuvo el 32,6 por ciento.
En una muestra de madurez política 135,8 millones de brasileños han dejado en claro que, pese a estar muy satisfechos con el rumbo económico que ha tomado el país, no desean entregar un cheque en blanco a nadie. Una sistemática sucesión de escándalos políticos vinculados al gobierno de Lula perjudicaron a su candidata, aunque quien lo suceda encontrará un Brasil más rico, más influyente y más activo, pero también con temas pendientes, como el enfriamiento de las relaciones con EEUU a causa de la mediación en la crisis nuclear con Irán.
Montado sobre la ola del crecimiento económico, el actual presidente ha aprovechado sus dos mandatos para llevar a cabo un despliegue de visibilidad y poder hacia el exterior. El PBI acaba de cerrar su mejor semestre respecto al mismo período de 2009, con una expansión del 8,9%, en tanto la generación de empleos formales ha batido su marca los ocho primeros meses de 2010, con casi dos millones de nuevos puestos que hacen un total de 15 millones entre los dos mandatos de Lula. La inversión extranjera directa trepó desde el 43% del PBI antes de la llegada de Lula hasta el 72% en el último año.
Brasil se enorgullece de pertenecer a los BRIC, el bloque emergente que integra junto a Rusia, India y China y que aspira a adelantar al G-7 en su conjunto en 2032; entre los cuatro acumulan alrededor del 20% del PBI mundial. Dentro de tres meses, Lula pasará al sucesor el desafío de mantener el crecimiento sin dejar de poner en marcha las reformas que aún exige el país para ponerse a la altura de los más desarrollados, con mayor equidad social e infraestructuras para estar a la altura de la octava economía mundial. De lo contrario, Brasil será incapaz de confirmarse como una potencia sede del Mundial 2014 y de los Juegos Olímpicos de Río 2016, dos hitos que se interpretarán más allá de las hazañas deportivas.
