Desde hoy y hasta el 13 de julio próximo, todo el mundo tendrá sus ojos puestos en Brasil, país anfitrión de la XX edición de la Copa Mundial de Fútbol de la FIFA, que se desarrollará en 12 ciudades del vecino país, albergando 64 encuentros, 32 equipos participantes, y atrayendo a unos 600.000 turistas extranjeros.
Es la segunda vez que este certamen deportivo se realiza en Brasil, después del campeonato de 1950, luego de que el presidente de ente Mundial, Joseph Blatter, estableciera el criterio de rotación continental. Además será la primera vez, desde 1978, que una Copa Mundial de fútbol se realice en América del Sur.
Se trata de una oportunidad extraordinaria para sembrar lo que tantas veces se ha proclamado como "fair play" o juego limpio, en referencia a los valores que se demuestran en el campo de juego. Por tanto, la Copa 2014 se convierte en ocasión para reflexionar sobre la necesidad de recrear una sociedad pacífica y las relaciones culturales entre todos los pueblos, en un clima de armonía e inclusión que erradique cualquier indicio de discriminación.
Los jugadores son populares, lo cual implica una importante responsabilidad social. En la cancha, se pueden demostrar dos valores claves para el mundo: la honradez y el compañerismo. Si a un partido le falta esto pierde fuerza, incluso si el equipo gana. Tal vez esos dos valores se resumen en un término deportivo que nunca se debe abandonar, aunque se llegue a ser profesional o "aficionado".
Es verdad que la organización nacional e internacional profesionaliza el deporte, y debe ser así, pero esta dimensión nunca debe dejar de lado la vocación inicial de un deportista o de un equipo: ser "aficionado", que etimológicamente significa "ahínco" y "eficacia". Un jugador que lleva los colores de su país, cuando cultiva esta dimensión de "aficionado", hace bien a la sociedad mundial cooperando al bien común. Antes de ser campeones, los seleccionados están integrados por personas humanas con todas sus fortalezas y defectos, con sus ideas, aspiraciones y problemas. Se trata de hombres portadores de humanidad.
También es ésta una ocasión para redescubrir que el fútbol debe ser auténtico deporte. Como algunas otras disciplinas, se ha convertido en un gran "negocio", corriendo el riesgo de que prime el valor "dinero" en menoscabo de las virtudes propias de un equipo y de la persona humana. Los jugadores son referentes sociales y como tales pueden aprovechar los 90 minutos para dejar ejemplos de lealtad, respeto y altruismo.
