Binner fue la institución ante todas las cosas, Jaque fue el cálculo personal. Binner fue el equilibrio, Jaque el desborde. Binner fue la mesura, Jaque fue la histeria. Cara y cruz de un desfile de visitas con la Cumbre del Mercosur que sigue rebotando significados políticos.
Mucho antes de haber quedado entronizado como infiltrado en la oposición por su apoyo a las retenciones fijadas por el Gobierno, el gobernador santafecino había dejado en San Juan su testimonio contracorriente de la lógica que orienta a los sectores opositores nacionales.
Pecado mortal para un gobernador de provincia sojera como Santa Fe, el de alzar una voz discordante entre la catarata de esfuerzos de sus pares en el sector anti K por calificar a la conducta de los Kirchner en definiciones como: intolerantes, salvajes, opuestos al federalismo.
A lo que se animó Binner en San Juan fue a dos cosas muy importantes. Una, quebrar el prejuicio de que los actos institucionales -donde interviene la Nación, el presidente, los gobernadores- por propiedad política de quienes lo impulsan. No lo son, y la presencia opositora es una fortaleza institucional, no una debilidad.
Otra, el drástico blanco y negro al que juegan oficialismo y oposición según el cual no importa qué cosa, porque todo lo que haga el gobierno estará definitivamente bien o definitivamente mal, depende en qué bando a uno lo encuentre.
Hay grises, según la óptica que Binner -un reputado dirigente socialista que es más visto como resguardo político que como hombre de recambio- acaba de introducir: no por provenir de los K cualquier cosa es impresentable, como lo encuadra la oposición nacional completa en el que él mismo revista.
Y juega también al teorema de Baglini, ese que postula que cuanto más cerca uno está de conquistar el poder, más cuidadoso debe ponerse con los juicios tajantes, no vaya a ser cosa que uno lo vaya a necesitar.
No es Binner precisamente de los que más cerca está de conquistar las alturas del poder en nombre de esa entelequia a la que muchos resumen bajo la acepción de oposición. Pero sí vale la pena analizar el contenido de sus últimas definiciones influidas por aquel teorema lanzado por un picante legislador radical mendocino que hoy asesora a Cobos.
Es que si esa oposición termina el año que viene quedándose con la Presidencia de la Nación -Cobos, Binner, Alfonsín, Macri, Duhalde o quien sea- deberá efectivamente hacer lo que postula, bajo riesgo de producir una decepción inmediata, antes incluso de haber nacido. Tendrá entonces que: establecer el 82% móvil a los jubilados, reducir al 8% las retenciones a la soja sin generar nuevos impuestos, coparticipar los ingresos por cheques, hacer que baje la inflación sin los artilugios del Indec, reducir gastos en subsidios al transporte sin que suba el boleto y en obra pública, y aún así hacer que las cuentas cierren y la gente esté contenta.
Difícil, sin contar con los servicios de un mago. Y allí las opciones se bifurcan entre las dificultades de hacer pasar los dichos a los hechos, o producir una nueva estafa política haciendo pisar palitos.
El camino seleccionado por Binner en los últimos días es el de agregar una dosis de realismo al relato apocalíptico opositor. Parado en la dificultosa posición de hablar de la soja ante tanto chacarero esperando escuchar condenas al sistema, lo defendió. Entiende que se trata de uno de los principales recursos para hacer caja -ese término demonizado por sus colegas pero que merecería algo más de respeto- y por consiguiente no se puede resignar si pretende mantener cuentas superavitarias en el caso de llegar a administrarlas.
Explota también las variables políticas. Acercarse moderadamente a los Kirchner le retribuye dividendos entre los que miran con simpatía la oposición, pero no al costo de ver todo quemado. Y ese es un sector minoritario entre tanto fundamentalismo, pero en constante crecimiento. Si se le pregunta -como hizo este periodista- si está más cerca de los Kirchner, responde así: "¿Y usted qué piensa?". Ni sí, ni no. Diplomacia, antes de la foto en la primera fila.
Del otro lado de los reflectores, el mendocino Celso Jaque y sus banquinazos en una gestión que no pasa de opaca y que sufre el dictado de agenda que le imponen desde afuera. Debió soportar que en su provincia apareciera incomprensible que la cumbre se realizara en San Juan, la hermana menor de Cuyo, y que esa irritación resultara evidente en el renovado clásico nacional.
A todas luces, San Juan llegó con lo justo con sus condiciones de infraestructura a convertirse en sede de una evento de tanta relevancia. Y Mendoza, bien cerca, dispone de una oferta frondosa en todos esos tópicos que quedaron ajustados: camas, hoteles, espacios, aeropuerto. Pero la cumbre se hizo en San Juan.
Cómo poder explicar eso, para Jaque, en su propia provincia. Si las condiciones objetivas son tan diferentes en uno y otro lado, entonces las razones por las que fue seleccionada San Juan son otras. Y lo son: ¿iría Cristina a ser local donde dispone de una imagen positiva de 1 por cada 4 habitantes, donde no se lleva muy bien con el gobernador y donde vive Cobos?
Con ese ánimo se produjo la llegada de Jaque a San Juan. Un ex hombre del riñón de Gioja -que incluso llegó al cargo por medio de operaciones de ese sector- reconvertido a fuerza de las necesidades propias y de una agenda fatigada de cruces entre vecinos por las fiestas, por la promoción, por la cumbre. Por el hecho de mirar al costado.
Envuelto en chiquilinadas fue ese arribo, después de una función de histeria en la que desde Mendoza se consignaba que el cartero no había golpeado su puerta con la invitación, como argumento para no llegar.
Y con ese ánimo se produjo lo peor: al regreso de Jaque a su provincia ardió Troya y se produjo la peor escalada dialéctica entre funcionarios de Mendoza y San Juan en mucho tiempo.
¿Quién iría a pensar que dos administraciones amigas terminaran sus días entre acusaciones como las que se dedicaron esta semana? Gioja dedicó una metáfora con la higuera: dijo que los mendocinos son como ese árbol, porque no dejan crecer nada a su sobra. Le saltó a la yugular un funcionario de menor jerarquía, el secretario Cazabán, que suele salir a decir lo que no puede Jaque, aunque en San Juan prefieren interpretar que se trata sólo de la visión de este colaborador y no del jefe.
Cazabán fue por todo y llegó hasta donde nunca se había llegado. Habló de nepotismo, cuidándose de no hablar directamente de Gioja pero sosteniendo que "Mendoza no admite que un grupo o familia de políticos o empresarios decida su futuro", en un claro juicio de valor no sólo sobre Gioja sino sobre los ciudadanos de San Juan. También habló de caudillos y hasta se permitió una curiosísima interpretación sobre la minería.
Es que Mendoza acaba de aprobar la radicación de un proyecto gigante para extraer potasio, en una evidente corrección al espíritu antiminero de la provincia consagrado por ley hace años.
Pero resulta que en medio de esta nueva escalada, Cazabán entregó una visión edulcorada en esa pretensión de reconvertirse sin pagar el costo. Si antes decían "nosotros no hacemos minería y ellos sí", pasaron a decir ahora "nosotros la hacemos bien y ellos mal", "nosotros protegemos y ellos contaminan".
Aunque Río Colorado encuadra con comodidad en cada uno de los puntos que objeta la militancia antiminera y que en Mendoza dicen atender: se trata de un fiel exponente de megaminería -más grande que Pascua-Lama-, es transnacional -de capitales extranjeros-, a cielo abierto y con el uso de sustancias contaminantes.
