La globalidad, la interdependencia, y la cuestión social son el centro de la "Caritas in veritate", la nueva encíclica de Benedicto XVI. Intenta recordar los 40 años de la "Populorum progressio" de Pablo VI, donde se señalaba que la Iglesia está llamada a promover el desarrollo integral del hombre.
Es que si no se refiere a cada hombre y a todo el hombre, el desarrollo no es verdadero ni auténtico. La crisis actual confirma la necesidad de una relación entre ética y economía, y muestra la fragilidad de un modelo tendiente a ciertos excesos que han determinado su fracaso. Un modelo en el que sus operadores consideren lícita cualquier acción; en donde se crea ciegamente en la capacidad del mercado para autorregularse; en el que se convierta en algo común cualquier malversación y donde las compensaciones de los altos dirigentes de empresas se ofrecen a los más éticamente intolerables, no puede ser un modelo para el crecimiento del mundo.
La encíclica papal vuelve al antiguo tema de la relación entre ética y economía, ya presentado por Aristóteles, para quien la economía estaba unida naturalmente con el estudio de la ética; y a Adam Smith, que sostenía como requisito indispensable un "código de moralidad mercantil" basado en la honestidad, la confianza y la empatía. La independencia explícita de la economía como disciplina autónoma es relativamente reciente: segunda mitad del siglo XIX. Esto comportó el alejamiento de cualquier unión con las ciencias morales, condición considerada como necesaria por los llamados "economistas puros", si lo que se pretendía era hacer nacer una ciencia que determinara los principios de comportamiento del "homo economicus", basados en la racionalidad y el maximalismo del bienestar individual.
Según la doctrina social de la Iglesia, si la autonomía de la disciplina económica implica la indiferencia con la ética, se empuja al hombre a abusar del instrumento económico. Si no es más el medio para alcanzar el bien común, la riqueza corre el riesgo de generar pobreza. Benedicto XVI individualiza en el principio de la subsidiariedad, delineado por Pío XI en la encíclica "Quadragesimo anno" de 1931, un instrumento importante para responder a esta crisis.
En síntesis, un nuevo documento sin mayores ni relevantes novedades que se suma a este opaco y regresivo pontificado de Benedicto XVI.
