El hombre vive una vida verdaderamente humana gracias a la cultura. La vida humana es cultura también en el sentido de que la persona humana, a través de ella, se distingue y se diferencia de todo lo demás que existe en el mundo visible. Es un modo específico del "existir” y del "ser” del hombre. Éste vive siempre según una cultura que le es propia, y que, a su vez crea entre los hombres un lazo que les es también propio.

En la unidad de la cultura como modo propio de la existencia humana, hunde sus raíces al mismo tiempo la pluralidad de culturas en cuyo seno vive el hombre. Es que la cultura es aquello a través de lo cual el hombre, en cuanto hombre, se hace más hombre, "es” más, accede más al "ser”.

El premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa, acaba de presentar en Madrid "La civilización del espectáculo”, un alegato en defensa de la cultura. El autor hace una advertencia sobre las consecuencias catastróficas de "la banalización de la cultura, de reducir la cultura a la mera diversión”, en sus palabras. Es que, según la consideración del escritor peruano: "Democratizar la cultura al final ha significado el empobrecimiento de la cultura y la confusión de los valores porque la idea de acabar con el elitismo se convirtió al final en la idea de querer acabar con la cultura”.

El mayor peligro lo ve Vargas Llosa en las consecuencias del mero entretenimiento a largo plazo en las sociedades democráticas, porque la cultura crea ciudadanos exigentes y críticos, mientras que el entretenimiento genera conformismo. Convertir la cultura en mero espectáculo o diversión, tiene consecuencias nefastas sobre todo para la sociedad democrática.

Forma seres sin espíritu crítico y eso desembocará irremediablemente en formas de totalitarismo porque sin imaginación o capacidad crítica, en un mundo conformista, es más fácil manipular a la sociedad.

La función de la cultura era establecer el denominador común para todos, algo que la ciencia no puede hacer. Ni los políticos ni los intelectuales se salvan de su mirada crítica. Sostiene que unos y otros por distintas causas han ayudado en ese proceso de disolución de los valores de la cultura. Los políticos dejando a un lado las preocupaciones éticas de su cometido y cayendo en campañas políticas que son espectáculo, determinado por la publicidad más que por las ideas. Y los intelectuales aislándose y haciéndose cada vez más ininteligibles, lo que es un desprecio hacia el público.