¿A quién molesta el madero que es sólo tablas cruzadas en busca de la eterna luz? Este interrogante tan poético lleva detrás un tema de inusual vigencia en la maraña conflictiva de la agenda política actual que marca un enfrentamiento, esta vez entre el ámbito jurídico y eclesiástico.

La democracia debe llevar el signo de la tolerancia, de la amplitud de criterio del respecto mutuo, de la libertad de cultos, de la pluralidad ideológica, de la inclusión.

La iconicidad de una sencilla cruz no debe representar una amenaza para nadie porque desde su silencio y desde la altura marca un camino profundo para los creyentes y para los indiferentes que quizás en la hora final se aferren a ella sin que nadie los observe.

Los expertos canónicos han expresado que la cruz es un símbolo de amor y es también el signo más sublime del sufrimiento, del dolor. Está encarnada en la idiosincrasia del pueblo argentino y hasta en el lenguaje cotidiano cuando se dice: "yo llevo mi propia cruz”. Las imágenes sagradas no dañan a quienes no se sienten atacados por un fanatismo religioso, inútil en el siglo XXI.

La llama viva de la fe sostiene a los pueblos, lo hace en las horas más difíciles, más angustiantes, más imperativas, donde la decisión es crucial.

Aferrarse a la cruz le da al hombre cierta seguridad y evoca para los fieles el martirio de un inocente que vino a salvar el mundo y a redimirnos del pecado. Y para los alejados de toda creencia carece de significación por lo tanto no lleva en si ninguna alteración ni influencia psicológica, pues no existe quien se convierta al catolicismo con solo mirar la cruz.

La vida con sus múltiples facetas nos diseña muchas cruces: "estoy en una encrucijada”; "me marcaron con una cruz”; "’me crucificaron”; "me hicieron la cruz”; sin que esto entrañe mayores avatares.

Sin embargo, en el plano emocional y connotativo la cruz identifica y marca, no con el logo publicitario tan de moda ni con el identikit policial, ni con la etiqueta social que el imaginario colectivo señala.

La cruz nos acompaña desnuda o con el Cristo vivo. Sigue siendo camino, verdad y vida a la vez que un poder insondable para una gran mayoría. Y si jueces, políticos y todo aquel que detente poder no lo advierte, marcará un sendero del que no se retorna, que es el resentimiento no proveniente ya de las clases sociales sino de la vulnerabilidad de las creencias, ley que nunca se debe traicionar.