Hoy en día se recurre con frecuencia a los libros de autoayuda, que se encuentran bajo los más diversos títulos y temáticas en las góndolas de las librerías, en los supermercados, en los kioscos, etc. De todos modos esta clase de literatura parece dejar de tener, a posteriori, el efecto que promete: el individuo siente que sus problemas no se han solucionado del todo o siguen en el mismo estado que antes.

Vanina Papalini, investigadora del Conicet, afirma que estos libros se orientan hacia la subjetividad, pues postulan que todos los problemas que se presentan al individuo -llámese relaciones humanas, laborales, conflictos afectivos, etc.- pueden solucionarse sin la intervención de otra persona. La autora piensa que el supuesto básico que está latente es la idea del individuo triunfador y exitoso. Cada uno es dueño de su destino sin importar ninguna condición de nacimiento, familia o educación. Enseñan a no prestar atención a ningún comentario que los demás ofrezcan sobre uno mismo. Cada uno debe formarse una imagen positiva de sí, prescindiendo de cualquier opinión a su alrededor. Agrega que el éxito al que impulsan es el éxito económico, con la idea de "competencia”, sin importar ninguna clase de condicionamiento ético. Esto quiere decir que cada uno debe salvarse como pueda. La idea de "autosalvación” implica que no hay un horizonte religioso ni existe la confianza en un Ser superior que pueda salvar. Por lo tanto, el sujeto, en total desamparo, ensaya diversos caminos de solución a sus sufrimientos cotidianos, físicos o psicológicos -y hasta espirituales-, recurriendo sólo a sus fuerzas o capacidades. Debe estar "alerta”, en constante vigilancia en el seguimiento de las sugerencias de estos libros y de sus propios esquemas mentales.

La filósofa Esther Díaz, por ejemplo, afirma que en algunos casos estos libros pueden ser útiles; asegura conocer a personas que por la lectura de ellos mejoraron su calidad de vida, además sostiene que es una forma de ingresar al mundo de la lectura y de no darse por vencido ante las diversas circunstancias. Pero advierte que no son mágicos.

Por otra parte se opina que ofrecen respuestas fáciles para problemas muy difíciles. La crítica más radical los califica de "libros de antiayuda” pues son escritos por algún famoso gurú que se destaca siempre en los puntos de venta y tiene como único fin el lucro a costa de personas que confían ciegamente en él y terminan por creer todo lo que escribe. Generan la ilusión de que por la lectura y aplicación de sus técnicas se obtendrán resultados de una mejor manera, más eficaz, más feliz.

Si se mira esto desde la perspectiva de los valores, entonces el sujeto mismo se constituye en la medida del valor. Si ya no hay valores absolutos ni marcos de referencia universales, cada uno, con sus experiencias subjetivas y autoayudas, debe sobrevivir en un mundo cada vez más complejo e incierto. Para ello tiene que aplicar toda una batería de técnicas que no tienen otro fin que lograr estar mejor, sentirse realizado; en suma, ser feliz.

Otros libros de autoayuda dan un paso más y abordan también la dimensión espiritual o trascendente del ser humano: la dimensión religiosa. En estos casos parece buscarse el efecto positivo de la práctica religiosa, considerándola como una práctica individual. En efecto, una buena práctica religiosa ayuda a transitar los caminos de la vida, a superar el dolor y a transformarlo en aprendizaje. ¿Qué más que la meditación guiada para conocerse y comprenderse mejor?, ¿Qué más que la oración bien hecha para superar la tristeza?,

La verdadera práctica religiosa, si es hecha con auténtica devoción, entonces puede sanar; y además, alienta a pedir ayuda, una "heteroayuda” que abre el espíritu a Dios y que da fuerza para seguir luchando. La verdadera felicidad está en Dios, considerado como fin último. Por tanto, la perspectiva aquí no es la del éxito sino la de la felicidad, pues no es feliz el que tiene más éxito sino el que ha encontrado la paz.

En suma, entre al sujeto considerado como individuo aislado que puede salvarse solo y el ser humano abierto a la trascendencia; hay una brecha importante. La diferencia está en que el primero se considera omnipotente y el segundo se considera limitado. Éste último se siente necesitado de Dios.