Debemos promover el espíritu de la cooperación mundial, ya que nos falta corazón para aprender a vivir juntos armónicamente.

Somos pura contradicción. Nos hemos globalizado, pero aún no tenemos un propósito de enmienda, ni mucho menos un proyecto para todos. Hace falta otro espíritu más solidario, que siembre confianza y suscite el entusiasmo, activando espacios más seguros y acogedores, que defiendan cuando menos el derecho a una vida decente.

Cada amanecer, por desgracia, proliferan las rutas de la muerte por posibles expulsiones forzadas, que son muy difíciles de documentar, pero que están ahí, a la espera de que se prioricen la búsqueda y el rescate existencial. Mal que nos pese, el caos está servido, bajo una mentalidad de indiferencia y miedo. Desde luego, nos merecemos tomar otro rumbo más verdadero, realmente humano, para reconducirnos como familia. Urge reencontrarse, asistirse y resistir esta atmósfera de injusticias, traspasar el horizonte de las relaciones y renunciar a la mentalidad egoísta, que todo lo corrompe y degrada. De ahí, lo importante que es pararse a reflexionar, cuando menos para poder gestionar las diversas crisis que nos ahogan y promover la transformación. 

Siempre se ha creído que existe algo que se llama providencia, pero también hay que ponerse en acción con ánimo de unión, ya no sólo para tender puentes, también para escucharse y crear un nuevo estilo de vida más fraterno. La cuestión es que un camino abierto, requiere el activo de la mano extendida y la disposición real a entenderse. Sin duda, hoy más que nunca se requieren de espíritus libres, capaces de restaurar la confianza mutua entre mundos diversos. Indudablemente, no tenemos tiempo que perder, ante el abuso de sometimientos y desprecios que nos lanzamos unos a otros, cuando en realidad lo que se requiere es concurrir y acompañar, en el intento de buscar una luz en medio de este volcán de tinieblas que nos está dejando sin futuro. Son los signos de una sociedad enferma, que no sabe cuidarse y que, además, no busca tiempo para sí, para reconstruirse junto a los demás. Debiéramos no pecar de ignorancia, ya que la vida no es soledad, sino tiempo de vivencia en corporación. Indudablemente, tampoco hay mejor vigor que la de activar la consideración en nuestra hoja diaria y crecer bajo el mismo techo del alma. 

Nos hará bien, pues, introducir el espíritu de la cooperación mundial en nuestros propios abecedarios internos. En todo caso, no existe una mejor prueba de avance de una civilización, que la de verse en colaboración permanente, para conseguir un mundo más benefactor, ante el cúmulo de agitaciones sociales, que nos retroceden a un mundo de socios sin más. Sea como fuere, nos falta corazón para aprender a vivir juntos armónicamente, observando que todo ser humano tiene derecho a vivir con dignidad y a desarrollarse integralmente, derecho esencial que no puede ser negado a nadie por principio existencial. Porque la vida no entiende de rincones, sino de energía generosa, plasmada por la interdependencia de vínculos y la corresponsabilidad entre todos los suspiros humanos.

 

Por Víctor Corcoba Herrero
Escritor