ba a la Feria con él para conseguir la verdura más barata, cada uno con una enorme bolsa de arpillera que llegué a odiar porque sufría horrores por arrastrarla…

 

Niño aún, vino de Calabria; bajito, morrudo, de espíritu dulce, fue un pequeño patriarca por la autoridad que inspiraba, pero -mucho más que eso- un hombre bueno. Yo lo contemplaba con admiración y la certeza de tener en él un ejemplo de vida.

El terremoto del 44 le trizó los sueños, como a tantos seres de esta tierra. Aquella tardecita trágica quedó su casa semidestruida. Se puso una vez más la ilusión al hombro y decidió recomponerla con sus propias manos, sin ser albañil, sólo era hombre de convicciones y fortaleza. Y en ese lotecito de calle Santa Fe casi Salta -gallinerito incluido- como un niño con sus juguetes fue armando un nuevo cuento. Al tiempo, su familia tenía una original y confortable morada, casilla quizá, con el toque fundador de sus manos y su inspiración fraguada a golpes de la vida.

Ferroviario, foguista precisamente, contaba sus aventuras en la vieja máquina que por el quimérico sur llegaba a Cañada Honda y que cargaban de pesado carbón vegetal sus vírgenes brazos de catorce años; catorce sueños a la vera de aquella estación San Martín que la barbarie dejó sin rumores, huérfana de pañuelitos de despedida, vacía de sangre. Menos mal que sus ojos hechos para la lucha no alcanzaron a ver semejante trance. 

Iba a la Feria con él para conseguir la verdura más barata, cada uno con una enorme bolsa de arpillera que llegué a odiar porque sufría horrores por arrastrarla repleta, mientras él, chiquito y seguro de sus pasos, ni se mosqueaba. 

Jamás lo había visto enfermo, hasta que un día de junio amaneció raro, y al poco tiempo, inexplicablemente, lleno de vida y sueños, se nos fue. El paso firme con que selló una vida llena de gracia se detuvo en el corredor de la casita que habían diseñado sus manos luminosas, hogueras de foguista. Seguramente miró un leve instante las pequeñas ventanas donde ahora entraba el invierno sin permiso; repasó su épica historia construida con poca plata y muchas páginas de amor; ensayó un adiós larguísimo al jazminero y la mora, se aseguró que el arbolito de la acera que tanto le costó crecer ya era adulto como su familia y podía continuar sin él, y se fue hasta donde el tiempo se ha congelado y comienza a latir el reloj de los recuerdos, erguido de lunas conseguidas y ecos de baldosas, entre el asombro de los gorriones y un respetuoso silencio. Pero noto clarito que aún no me suelta la mano.

 

Por el Dr. Raúl de la Torre
Abogado, escritor, compositor, intérprete.