
Como en aquel 44 que patoteó a los hijos de mi tierra con la cobardía de la sorpresa y la impunidad, dejándole cicatrices y muertes en sus entrañas; como aquel del 52 y el del 77 que volvieron a sumirnos en la angustia, así, de arriba (porque nadie merece que de improviso y porque sí le enturbien la vida), en este extraño 2021 volvieron los fantasmas prepotentes y la furia a mansalva, y cuando la noche nada más que buenas sombras presagiaba, el cimbronazo nos dejó sin resuello y cortó camino, digamos desplegó una de sus ondas en siniestros manotazos por un sitial de oro que nos enorgullece ante el mundo, el Auditorio Juan Victoria.
Atacó el cobarde con un tajo artero por el corazón de los conciertos, por la mansa solemnidad de su órgano, por la majestad de los aplausos y nos puso en crisis y pura pena porque nos pareció que se venía en bandada asesina una especie de señor de los silencios y apuñalaba la música y los instrumentos que la sostienen en cielos; arremetía contra el rótulo de los acordes finales y los estremecimientos de las voces que suben al alma, en coro o soledad.
Nos pareció que inferirle una grieta a nuestro magno escenario era humillar el ruiseñor y los violines, una ofensa al lirismo y al sentimiento.
Pero ya está. La herida fue cerrada y en el paraíso de Urquiza y 25 de Mayo comanda otra vez la fiesta de las almas. El Ingeniero Juan Victoria retoma desde su gesto amoroso la paz de la victoria, se trepa de nuevo al triunfo de los visionarios que aman a su tierra. Rolando García Gómez, su excelente director y uno de los más grandes ejecutantes de guitarra del país, seguramente cuando los obreros callaron el bullicio de sus herramientas y se marcharon con la tranquilidad de haber ayudado a cosas bellas, pudo devolver a su seno su guitarra (hijo indescifrable) y retomar el camino de las calandrias y los atardeceres de las utopías que celebran la música.
Ahora no me negaré a penetrar a ese cascarón de dioses en gracia, quebrado por la angustia cuando me enteré de sus grietas, y entraré sin llagas a sus amplios aposentos restablecidos, hechos para la fantasía; bajaré con deleite y en puntas de pie, para no despertar todos los pájaros, las escalinatas de verde alfombra y al sentarme en cualquier butaca recuperada me veré en el firmamento de mi adolescencia, parado en el escenario junto a Hugo, guitarras en mano, de frente a un público que -a diferencia de casi todos los coliseos- nos mira desde arriba, como simbolizando el peso de una presencia que justifica nuestro amor al canto, nuestro agradecimiento al aplauso.
Dicen que, cuando por las soledades del Parque, la noche se retira a soñar, alguien ha sentido una especie de llovizna plañidera caer sobre las calles desiertas, que en realidad es una serenata que busca balcones en las caricias de una tonada.
Por el Dr. Raúl de la Torre
Abogado, escritor, compositor, intérprete.
