La presidencia de Sarmiento fue progresista y tumultuosa, casi sin parangón, pero estuvo asediada por luchas, amarguras e incomprensiones. Por varios motivos había muchos que deseaban tronchar la trayectoria sarmientina.
El caudillismo no comprendía o no quería comprender, el republicanismo del presidente y comenzó a tramarse la más horrible y equívoca solución, el asesinato político para alcanzar la democracia y tranquilidad de los pueblos.
Los instigadores eran argentinos quienes no teniendo valor para mancharse las manos con la sangre presidencial, recurrieron a mercenarios extranjeros. Tres marineros italianos, los Guerri, fueron contratados en Montevideo mediante el ofrecimiento de una paga de $10.000, nada menos para asesinar al Presidente de los argentinos. El atentado tuvo lugar el sábado 23 agosto de 1873. Estaban interiorizados que el primer magistrado, concurría casi todas las noches a visitar a su ministro del Interior, Dr. Dalmacio Vélez Sarsfield para comentar los resultados de la jornada y disfrutar de alguna tranquilidad.
Los delincuentes esperaron agazapados, en la esquina de las calles Maipú y Corrientes. A las 21 llegó el carruaje presidencial contra el cual dispararon sus armas, pero muchos de los disparos resultaron fallidos, pues las armas reventaron en las manos asesinas por exceso de pólvora. El cochero apresuró la marcha del vehículo alejándose rápidamente del lugar. Sarmiento que estaba bastante sordo y tal vez, venía pensando en cuestiones políticas no advirtió el atentado del que había sido objeto. La servidumbre de la casa de Vélez Sarsfield le dio la primera noticia.
Los delincuentes fueron apresados y condenados comprobándose que los perdigones y los puñales que usaron estaban envenenados. Si los disparos lo hubieran alcanzado aún hiriéndolo con el más leve rasguño, habría quedado muerto en el acto.
Luego de los comentarios pertinentes, Sarmiento regresó a su residencia y bien temprano el día 22, a pesar del feriado partió como de costumbre a la casa de gobierno, en cuyos portales casi 200 personas hacían guardia para abrazarlo.
Estaba severamente serio y teniendo que improvisar brevísimas palabras cuyo contenido se ha recogido después como el corto discurso en defensa de la autoridad dijo: "Agradezco vuestra presencia y aprecio su más alta estimación. Digo que no he sufrido daño corporal, pero mi espíritu sí. Se ha herido la más alta investidura que puede ostentar un ciudadano de la República… se ha quebrajado el respeto a la autoridad…’.
De esta amarga circunstancia Sarmiento sacó una jocosa moraleja: cuando lo atacaban sin piedad los periodistas solía decir: "Esos ataques no me llegan por que están tan cargados como las armas de los Guerri y seguramente las plumas han reventado en manos de ellos’.
