Dentro de la tendencia que en el siglo XIX volcó el arte pictórico francés hacia un realismo estético-social y natural -rigurosa apreciación artística de los seres y las cosas, tal cual son-, Jean Francois Millet (1814-1875), eximio pintor galo, produjo obras notables, entre las que figuran ‘La lechería’ (1846), ‘Las espigadoras’ (1857), ‘El ángelus’ (1859), ‘Primavera’ (1873), ‘La iglesia de Gréville’ (1874), y otras.

‘El ángelus’ (en la foto) muestra con exactitud los alcances de esa corriente plástica, en una plasmación notable de lo bucólico y lo humano: Campo labrantío, caída del sol en un atardecer cercano al momento del descanso,en la lejanía la silueta acogedora de una capilla, y una pareja de labriegos que, dejando de lado sus implementos de trabajo, de pie, con sus manos en actitud de ruego y la frente inclinada en reverencia, musitan una oración. Es la hora del ‘ángelus’, antigua costumbre cristiana de rezar o cantar en gloria del misterio de la Encarnación.

En dicho cuadro, el sol poniente envuelve al hombre y a la mujer en una horizontalidad de luz menguante, que invita al sosiego vespertino luego de la labor cotidiana. La escena no es triste, ni mucho menos deprimente, y sí deja en quien la observa, esa sensación de paz que envuelve al ser humano, cuando ha cumplido con Dios y consigo mismo.

Aunque parezca una antojadiza digresión psíquica, o un cotejo mental incongruente, el motivo escénico del cuadro de Millet nos produce una extraña sensación anímica-comparativa, al paralelarlo con el atardecer en la vida de la mujer. Ese tiempo de aplacamiento mujeril, supone un inevitable desvaimiento en su ánimo: Va relegando actitudes vanas, materialismos inútiles, apetencias y costumbres superficiales, fútiles e innecesarias trivialidades, todo ello propio del común quehacer humano en su manera de ser.

En esa etapa la mujer añora sus mejores vivencias, no elige sus recuerdos, pero se adormece en ellos, por cuanto son los huéspedes predilectos de su alma. Envuelta en el atardecer de su existencia, no se sienta compungida ni dolida, está adentrada en sí misma, pero cuida de las alas que aún mantienen el sobrevuelo de los sueños en su espíritu. En su interior, palpitantes o serenas, anidan las imágenes entrelazadas de todo lo que fue, de todo lo que vivió, de toda simpleza convertida en muelle recuerdo. Las tribulaciones han cedido espacio al fluir equilibrante de la resignación, esa conformidad que tersa, atenúa y apacigua el ánimo.

Desde que vimos por primera vez ‘El ángelus’, de Millet, excelentemente reproducida con sus colores tenues, con dorados matices de luz poniente, cuando el sol ‘mira hacia atrás’, se aposentó en nosotros la peregrina idea de su comparación con el ‘atardecer’ femenino.

Esa inusitada ‘intromisión psíquica’ llegó a tomar cuerpo en la realidad de una poesía -transcrita aquí como poema en prosa-: ‘Mientras el tiempo te empuja suave, aura de la tarde te envuelve. Rozan tu rostro, mansamente, inclinadas sombras vespertinas, apaciguando luces y tonos. ‘Incansable viajera de ti misma -veranos de sol que no se olvidan, adormeciendo en tus pupilas noches y días que no están más-, atardeces en soledad de mujer. ‘Mirar por mirar no lo haces nunca, anhelar por anhelar, tampoco; limpias de extrañeces tu vida, limitando el fin a tus principios; escondes manantiales aun vertientes, a caro pago de tu mundo interior. ‘No alcanzarás otra vez, por ello mismo, será otra dimensión que un día conociste; no sentirás de nuevo aquel llamado, en tu silente vastedad de mujer.’