La diversidad es parte constitutiva en la consistencia del bien común; comprende -en lo positivo- la forma y la variedad necesarias para contener y promover todo fin, pensamiento, idea y accionar precisos, que puedan servir para prevenir o evitar el equívoco en las relaciones del proceder humano.

Los Derechos Humanos llevan el concepto preceptivo sobre la equidad, lo que también cabe o se acopla a la distribución equilibrada como diversidad. Esta postura no debe admitir desigualdad, desorden o ventaja; es una actitud dadora que va dirigida a quien camina con la lógica,y por lo tanto entra en ese tratamiento.

El actuar lleva selección y elección permanentes, y el pensar aquí se presenta constituido en expectativa de lo diferente, lo que no se puede homologar con el común. Lo diferente está, existe, manifestado; por razones lógicas de contrastes existenciales, de diferencias que convalidan en cada ser humano su idiosincrasia: actuar de acuerdo a su ideología.

La ideología es norma conceptual del entendimiento, y abarca las disímiles apreciaciones que sobre el quehacer del hombre hace el hombre mismo: Se justifica a sí o no se justifica, se reprocha o no, se culpa, no se culpa, o culpa a otros; aprueba y aplaude ideas, sentires y acciones compatibles con su entender, y rechaza -con fundamento o no- aquello continuo que del congénere le llega como variante del propio criterio, en cuyo proceso contrastante debe entrar el proceder discernidor de la razón, propio de una sociedad en consonancia.

Lo dicho está supuesto en una normalidad de existencia, que en el ser pensante presupone un entender constante con los demás, cosa verificada imposible, ahora y en todos los tiempos de la humanidad. Prevalece la vida errátil en sentimientos y pasiones encontrados, que impiden ¡tantas veces! la vigencia del buen sentido ante desmesuradas avideces y despropósitos.

Entre los alcances buscados por el ser humano para su satisfacción interior, se encuentra el desear sentirse aceptado y comprendido -entendido- por los demás; de ser conseguido ese congracie, aquel proviene de los pasos que se hayan dado, guiados por la necesidad humana de trato y correspondencia con el semejante. Esto, atribuible a distintas causas -etiologías- psíquicas de cada ser, hace que entes diferenciados del común quieran ser apreciados sin distingos por el resto de la sociedad.

En la superestructura de las clases sociales -por encima de su nivel inferior-, yendo más a fondo en la diversidad de comportamiento -trato y expresiones notorias-, está instalado, abierto y dominante, un relajo de las conductas éticas y estéticas, que, sin sujeción a la vista, se ha incorporado al decir, hacer, y ostentar público. Es un mediatismo de la peor especie, que con libérrimo trajinar arrasa ambientes mimetizados con la ordinariez y el mal gusto, presentando un desparpajo que llega a lo impúdico y soez. Esto es un modernismo mal entendido, voyante de escabrosidades, que se posesiona de un público que, al aceptarlo, pierde las prioridades conductuales en el ejercicio de la decencia.

Tal vez dentro de los límites temporales aquello haya ocurrido siempre, pero la tendencia desenfrenada que la sociedad actual tiene, saltea, omite, congela y descuajeringa, cualquier intento de frenado en esa resbaladiza y pringosa pendiente.

La "’despabilada” sociedad que está "’meciéndose” en este tercer milenio -con exaltables excepciones-, comprende una difluente generación humana, que muestra sus bases de moralidad asentadas precariamente en una inconsistencia social -moralina- que se deja llevar por la corriente, aunque queden ahogadas o sofocadas aquellas convalidaciones del buen juicio, las que permiten sentirse bien a quien es bien.

(*) Escritor.