Estamos cerca de las definiciones políticas y es posible que en los próximos días se acentúen las características más severas de la contienda lectoral que no debería perturbar el humor de los ciudadanos. Sea cual fuere el presagio de los resultados de las elecciones el país no debe ser alterado.
En lo que va de la campaña, hubo que soportar discursos políticos plagados de ácidas agresiones verbales y a veces con denuncias inesperadas sobre hechos no comprobados, hacia el adversario.
Ello deja en mucha gente la impresión de que en las campañas políticas se va demasiado lejos. Es decir, no se respeta ningún límite.
Ya hay demasiados estruendos en la sociedad. Los hechos irracionales que se viven a diario generan una atmósfera de inquietud masiva que hiere a la nación, a sus comunidades y a sus ciudadanos.
Las muertes, los robos y los ataques alcanzan niveles diarios insospechados unos pocos años atrás. Por eso, los políticos deberían dar un ejemplo de conducta ciudadana y tranquilizar a la gente llamando a cada cosa por su nombre.
En la Argentina, se está viviendo en un clima de inseguridad que atemoriza y agobia a la gente pese a lo cual el gobierno nacional no reacciona, aún cuando hay estadísticas que dicen que mueren en el país 22,6 personas por día por los delitos por todos conocidos. Hay, también, actitudes desconocidas hasta hace poco, como el hecho de matar por matar, algo que comprueba a diario la gente de la justicia.
Parece ser un hecho casi generalizado. Se advierte a través de distintos documentales o noticieros filmados. Un concepto que ilustra: en una película filmada hace 4 años un agente del servicio secreto de los EEUU le dice a sus colaboradores que los asesinos suicidas no tienen perfil, que pueden tener 9 o 90 años, ser diplomados o analfabetos y que la actitud común es que no le temen a la muerte y no sienten nada que los ate a la vida. Y, sí, hay personas así aunque nos parezca imposible y sea difícil entenderlo.
El país, hoy. Se sabe que la Argentina vive un momento complicado, en medio de un mundo con serias dificultades económicas, políticas y sociales. Por ello, millones de personas claman por seguridad. Una persona quiere poder hacer sus gestiones tranquila por las calles, detenerse a charlar con amigos, tomar un café.
Pero quienes claman por la seguridad no son oídos y el desinterés oficial se evidencia esta vez en los números: se destinó para el gasto público en Justicia y Seguridad la cifra más baja desde 1980.
Donde hay más gente más se notan las deficiencias sociales. En la Capital, hay días irrespirables.
Al expresarnos así, hablamos del comportamiento social que no es otra cosa que la suma de las conductas humanas, de esa posibilidad cualitativa de los hombres y mujeres con capacidad, disposición y prudencia. Aquello que facilita la vida en común y hace posible que el hombre se desarrolle y crezca.
Todos tenemos mucho que aprender en este cambio global de costumbres que a veces interesa aunque en algunas oportunidades surjan sospechas. La vida no es como era y no alcanzan a divisarse los perfiles del cambio. Ese es tal vez uno de los grandes interrogantes del presente.
Por ello, ¿se puede educar como hace una, dos o tres décadas?. Sencillamente no porque la vida cambió y la relación de la educación con la realidad es inviolable. Cuando se habla de educar, se habla de dirigir, de encaminar. A través de la educación se desarrollan las facultades intelectuales y morales y se estructura la voluntad.
Por ello es básico entender que la formación de los seres humanos demanda una adecuación a los tiempos y como tantas veces hemos dicho la modificación del sistema educativo exige mucho pero mucho tiempo. Entonces, la pregunta es ¿cómo hacer con la necesidad de adaptar la educación a la época, de los días que se están viviendo?
Los docentes son soberanos en el aula y seguramente muchos de ellos lo están haciendo según su criterio. Lo están haciendo frente a un alumnado diferente, con información recibida a través de los medios electrónicos y en un alto porcentaje sin interés por la lectura. Pero el docente es intuitivo.
Esta época demanda estar alerta ante todos los acontecimientos del mundo y ante las aspiraciones de quienes se están formando.
