Jesús dijo a sus discípulos: "Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará. El que no crea, se condenará. Y estos prodigios acompañarán a los que crean: arrojarán a los demonios en mi nombre y hablarán nuevas lenguas; podrán tomar a las serpientes con sus manos, y si beben un veneno mortal no les hará ningún daño; impondrán las manos sobre los enfermos y los curarán". Después de decirles esto, el Señor Jesús fue llevado al cielo y está sentado a la derecha de Dios. Ellos fueron a predicar por todas partes, y el Señor los asistía y confirmaba su palabra con los milagros que la acompañaban (Mc 16,15-20).
Hoy celebramos la solemnidad de la Ascensión con la que se concluye la vida terrena de Jesús. Deja la escena de la fragilidad del tiempo y de la historia para regresar junto al Padre y sentarse a su derecha. Jesús, el Crucificado resucitado y glorificado ha sido constituido en "Señor", autor y dador de vida. Pero la Ascensión no significa la ausencia de Jesús en la tierra, ni su distanciamiento de la historia del mundo y de la vida de la Iglesia. Es en cambio, el inicio de una presencia nueva y eficaz del Resucitado en medio de sus discípulos, obrando la salvación por medio de la Iglesia y dentro de la historia de la humanidad: "Yo estoy con ustedes hasta el final de los tiempos" (Mt 28,20). Con la Ascensión de Jesús comenzó la actividad misionera de los discípulos y de la Iglesia, que no actúan solos, sino que "el Señor está con ellos", asistiéndolos y confirmando sus palabras con los milagros que la acompañan" (Mc 16,20). El evangelio, hoy habla más de los apóstoles que de Jesús. De una misión que reciben: "Vayan por todo el mundo y anuncien". ¿Anunciar qué? El evangelio. No mis ideas o la solución de todos los problemas. No una política o una teología transformada en ideología: sólo el evangelio; es decir, la Buena Noticia.
Tres años de predicación, de libertad y de conflictos parecen cerrarse con un balance de fracaso: once hombres llenos de miedo que están mirando al cielo, como afirma el libro de los Hechos de los apóstoles (1,11). Once seguidores que no han entendido mucho del evangelio, ya que en el último encuentro que tuvieron con Jesús le preguntaron: "Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?" (Hech 1,6). Él les hablaba del Reino de Dios y ellos entendieron un reinado temporal. En vez de quedarse con ellos, de acompañarlos y explicarles, Jesús se va. Pero su partida no es un adiós sino un "hasta siempre". Con un gran acto de confianza en el hombre les dice: "No teman". Depositando su confianza en su criatura predilecta, el hombre, se va. Desde la Ascensión, él es el "Cercano-lejano", como escribe la mística Margarita Porete (1250-1310). Su ausencia es una ardiente presencia. Cristo no se ha cambiado de lugar, sino que ha ido más allá, indicándonos nuestra meta. Como afirma el prefacio I de la Misa de hoy: "Porque el Señor Jesús, Rey de la gloria, triunfador del pecado y de la muerte, ante la admiración de los ángeles ascendió a lo más alto de los cielos, como mediador entre Dios y los hombres, juez del mundo y Señor de los espíritus celestiales: no para alejarse de nuestra humilde condición humana, sino para que tuviéramos la confianza de que los seguiremos como miembros suyos, al lugar donde él nos precedió como nuestra cabeza y principio".
La carta de san Pablo a los Filipenses, subraya que, porque murió en la cruz, "por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el nombre sobre todo nombre, de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo y en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: ¡Jesucristo es el Señor! Para gloria de Dios Padre" (Filp 2,9-11). Esta es la verdad de la Pascua. En virtud de su exaltación, Jesús es ascendido a Pantocrator, es decir, "Señor del universo, emperador sobre vivos y muertos". Digamos pues que la exaltación o ascensión no es sino uno de los aspectos, el más importante sin duda, de la resurrección, no algo distinto de ella. Sólo Lucas las separa pedagógicamente mediante estos cuarenta días simbólicos después del domingo de Pascua, que en su teología no son sino el prolegómeno del tiempo de la Iglesia en la cual Cristo, aunque más presente que nunca a los suyos, ya no necesitará aparecerse más. Lo que hoy celebramos es precisamente esa ruptura del tiempo y del espacio, de lo meramente corpóreo y terreno que permite que Jesús se haga presente a todos los instantes de nuestra vida cristiana desde su condición divina. La ascensión no es, pues, el comienzo de la ausencia ni de la lejanía sino, muy por el contrario, de un estar con nosotros distinto, constante y poderoso de Cristo en su manera señorial, glorificada, espiritual y al cual aún físicamente podemos acceder mediante los sacramentos.
