En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Si alguien me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él. El que no me ama no es fiel a mis palabras. Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡No se inquieten ni teman! Me han oído decir: "Me voy y volveré a ustedes”. Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre, porque el Padre es más grande que yo. Les he dicho esto antes que suceda, para que cuando se cumpla, ustedes crean” (Jn 14, 23-29).

A la luz de todo lo afirmado en su tarea evangelizadora, el don de la paz que Jesús promete entregarles a sus seguidores, es una paz distinta a la que ofrece el mundo. Se trata de "mi paz”, afirma Jesús; es decir, la que brota de la unidad del Padre y del Hijo y que Jesús instaurará con su pasión, muerte y resurrección. Finalmente, vuelve a invitar a los suyos a abandonar la inquietud y el miedo. Así como Moisés, antes de su muerte había exhortado al pueblo de Israel a "no temer” (cf. Dt 31,8), del mismo modo ahora Jesús exhorta a los suyos a dejar de lado las inquietudes, pero a no abandonar la lucha.

Jesús dice: "les dejo la paz, les doy mi paz; no como la da el mundo”. También la suya es una "paz fruto de victorias”. Pero victorias sobre sí mismo, no sobre los demás; victorias espirituales, no militares. San Agustín explica que el Señor "es vencedor porque es víctima”. Jesús nos enseñó que no hay nada por que matar, pero que hay algo por que morir. ¡Qué maravilla el testimonio que el Papa Francisco está dando en Tierra Santa! Es el mensajero auténtico de la paz. En su mensaje del pasado 1 de enero de 2014 señalaba que la fraternidad es el fundamento y el camino para la paz. Es la humildad hecha persona, que no busca vencer sino convencer, no imponer sino proponer, no juzgar sino analizar para salvar. Francisco es el hombre de la sencillez que quiere ayudar a mover las conciencias para contrarrestar la acción demoledora de la "globalización de la indiferencia”. Este Papa es un don extraordinario para la Iglesia y el mundo. Para la Iglesia, porque ésta tiene mucho de que convertirse, entre otros pecados, el de la prepotencia que llevó al cisma con los ortodoxos, a quienes representa hoy Bartolomé I. Con ellos llevamos 960 años separados. ¡Una división, que como tal, es escandalosa y causa vergüenza! El de Francisco es un bello ejemplo para el mundo, al que aún le cuesta entender que no hay que levantar muros sino construir puentes, y que las murallas que rodean nuestros corazones son las primeras que hay que derribar. Sin la conversión del corazón seguiremos viviendo la hipocresía de la incoherencia.

El camino evangélico hacia la paz tiene sentido no sólo en el ámbito de la fe, sino también en el contexto político y social. Y el actual orden mundial exige que se cambie el método de Augusto por el de Cristo. La conciencia moderna ya no acepta la vocación que Virgilio indicaba a sus conciudadanos: "Tu regere imperio populos, Romane memento”: "Tu misión, recuerda, Roma, es ejercer el imperio de los pueblos”. Vemos claramente en la actualidad que la única vía de la paz es destruir la enemistad, no al enemigo. Tertuliano decía que la sangre de los cristianos es semilla de otros cristianos. Lo mismo se puede decir de la sangre de los enemigos: también es semilla de otros enemigos. En una ocasión, alguien reprochó al presidente americano Abraham Lincoln (1809-1865) que era demasiado cortés con sus propios enemigos y le recordó que su deber como presidente era destruirlos. Lincoln le respondió: "¿No destruyo a mis enemigos cuando los hago mis amigos?”. Los enemigos se destruyen con las armas, la enemistad con el diálogo. La paz no se hace como la guerra. Para ésta se requieren largos preparativos: formar grandes ejércitos, preparar estrategias, y después lanzar un ataque coordinado. ¡Ay de quien quiera empezar inmediatamente y solo! Sin duda sufriría una derrota. La paz se hace exactamente al contrario: podemos estar esparcidos, pero empezamos inmediatamente, aunque esté uno solo, aún con un simple apretón de manos. ¿Qué sentido tiene manifestarse por las calles gritando "¡Paz!”, si se levanta el puño amenazador y se rompe todo lo que se presenta?

Había una época en que, al término de las misiones populares, se hacían "hogueras de las vanidades”. En un fuego encendido en el centro de la plaza principal de la ciudad, cada uno arrojaba los instrumentos del vicio o los objetos de superstición que tenía en casa. Ellos hacían hogueras de las vanidades; hagamos nosotros una hoguera de las hostilidades. La lección a aprender es que el perdón y la paz no cambian el pasado pero sí el futuro. Sin perdón nunca habrá paz.