Don Raúl Oro fue un tradicionalista enamorado del arte telúrico de la vida, cultor y conmovedor del sentimiento cultural ajeno, sabio maestro de prolífica familia y el más genuino hombre pocitano con acervos conquistados a la tierra, a su gente, para otro tiempo lejano. Su vida será idea y pensamiento autodidacta, aprendiz, fino lector para sí y para su hogar, fiel discípulo de la pedagogía curtida y ejemplar conjugada al andar.
La casa de los Moyano en su esquina natal de Once y Santa María de Oro, reviste un valor inapreciable, pues aquí vive a fines del 20 el poeta y escritor Antonio de la Torre, en tanto administrativo municipal y junto a su hermano Juan, escritor poeta también, amigos de por vida de Raúl. En esta casa, hoy sin el umbrío ombú callejero ni veredas, instaló su primer consultorio el Dr Elio Cantoni.
En 1902 la familia Oro se traslada al tapiado caserón inconcluso de calle Mendoza casi Diez. Urgía hacerlo a raíz de la epidemia de cólera que afectó la zona. Por su verbo es conocida la historia del ‘ánima quemada+, realmente ahí mismo, en un remanso a la vera de la casa paterna, donde hasta años ha, se prendían velas al anochecer. Es el hecho real de un hombre ebrio que allí dormía y que, observado como un anónimo muerto por el temido vibrión, fue rociado e incinerado una noche veraniega. Al comprender el brutal error se crea el ritual expiatorio.
Con sólo once años, comienza su etapa de arriero por los arenales cuyanos y la chilena tierra de los tordos.
Conoce así la raíz del canto, la narración, las consejas del paisanaje en ese duro trajinar por senderos, refugios cordilleranos, sus gentes y costumbres acrisoladas en sequedales y nevazones, travesías y montañas. Los lazos de la arriería y la incipiente industria vinícola se entrecruzan por su mirada infante que no perderá detalle y capacitación. La cenagosa calle lindera era el callejón de los Oro, que lo fue Toribio Hinojosa en su origen, y Diez la restaurada huella, ahora con el nombre de un español noble y bueno.
Se casa un 20 de abril de 1927 con Herminia M. Echegaray de sólo 16 años, quien será su eterna compañera y madre de sus diez hijos, fallecida el 24 de diciembre de 1969. La escenografía de su vida pasa, de ser saltarina y escobillera como la cueca chilena de sus andanzas arrieras de niño adolescente, a rastrear en la pureza sensualista
de la danza propia y estilizada, a la que él dará originalidad de región y singular expresividad hasta la hora última.
Para la Semana Sarmientina de los años 50, con Pinono joven, el patrocinio municipal y el mérito de Elio Barboza, Raúl y su tropel representan al departamento ocupando un lugar primordial con danzas y el hollinado canto viejo. Con Máximo se acompaña bien, y la Negrita linda es coronada reina de la fiesta.
En esta casona y de la mano sabia de don Raúl, se interpretó con teoría y práctica, gato, triunfo, escondido, cielito, palito, cueca de tres, gauchito, sereno, estilo, pericón, cifra, zamba y cueca (derivadas de la marinera peruana), zamacueca, zamcuyana (una curiosidad así denominada por el general San Martín, quien la llevó a Chile y Perú, donde aún hoy se la conoce y difunde), vals criollo, chacarera cuyana, y todo el capital musical danzante argentino. Una escuela de arte nativo que, a su influjo, consolida la tonada, que entonces se cantaba a coro, únicamente las mujeres y sin variables tonales, como el canto coral gregoriano. Se cantaba la tonada canción, tonada estilo y tonada valseada, las letras eran casi hispánicas -algunas hablan del mar- lo que remonta a su origen castellano, recalando en la clásica tonada cuyana, mal vista en las familias tradicionales.
Bandoneones, bombo, charango, violín, flauta, arpa, piano, trompeta, armónica, requinto y cien guitarras, para una velada y otra con motivos que nunca faltan. Y se va la primera, y se va la segunda, entre aros, dichitos picarescos, cogollos y jocosas improvisaciones. Pinono florea su prestancia mayor, y un ángel, Mario Augusto Flores Sosa, el Bebe que voló hace poco, caminó por este suelo con altura cautivadora.
Autor y voz rapsoda de los consejitos para Pocito mi pueblo y volveré con un cantar, por la melga cuyana cosechadora.
Raúl Oro sostenía que ‘folclore+ no era el vocablo que definía su ‘Arte Nativo+, y que así debía denominarse esta ciencia popular. No aceptaba el bombo en Cuyo, el atrevimiento que desvirtúa el tipismo, el gato con relación, el sonido amplificado, la cuerda eléctrica, el vestuario pampeano, la china pituca, la irrespetuosidad a su tradición, el antiejemplo natal. Él no se decía gaucho, pues el vocablo define otro concepto cultural y él era hombre sujeto al orden civil con autoridad superior y fiel testimonio hogareño.
