Las guerras actuales en distintas zonas del mundo son particularmente crueles por la enorme cantidad de víctimas civiles que provocan en medio de poblaciones enteras, o son punto de partida de éxodos masivos como el de los migrantes que huyen a Europa. La embestida demencial como la del Estado Islámico y las guerras civiles en Libia, Siria, Sudán, Ucrania y Yemen fueron denunciadas por el empleo de armas químicas y bombas de racimo, ambas prohibidas por las convenciones internacionales.
Estos artefactos tienen por característica causar un daño indiscriminado al ser humano a diferencia de los proyectiles que pulverizan infraestructuras. Es el caso de las municiones de racimo, prohibidas en 2008 debido a su efecto masivo en el momento del disparo y el daño prolongado que producen, más sobre los civiles, ya que tras explotar en el aire esparcen docenas y, a veces, cientos de pequeñas submuniciones sobre amplias áreas. A menudo, el mecanismo falla y no explotan, pero dejan sobre el terreno restos peligrosos que al tocarlos actúan como minas antipersonales.
Según un informe la Convención de Municiones de Racimo, el acuerdo internacional que prohibe el uso, desarrollo, fabricación, adquisición y almacenamiento de las bombas de racimo y que asiste a las víctimas de estos artefactos, en lo que va de 2015 cinco países han usado estas armas, no obstante el acuerdo alcanzado en agosto de 2010 por 118 países, de los que sólo 94 lo han ratificado completamente. Se sabe que 16 países continúan produciendo municiones de racimo o se reservan el derecho de producirlas en un futuro y, llamativamente, los principales productores de armas, como Estados Unidos, Rusia y China, no forman parte de la Convención.
