Somos testigos privilegiados del mundo de la realidad, porque la componemos con nuestros actos, sentimientos, virtudes y defectos. La realidad es nuestro pan y nuestra carne, esa tangible aurora que constantemente es algo más porque se renueva y algo menos porque algo se le muere permanentemente. Pero la realidad que verificamos no es el único universo que nos transporta y que se exhibe a nuestro conocimiento. Otros mundos conviven con nosotros (y más allá de nosotros) a modo de anillos concéntricos.

Está el mundo de los sueños, sobrevolando como mariposas de rocío y soplo; ese territorio de lo inasible que se presenta en imágenes de bruma o fiebre, espejo de los días ocurridos, traducción del alma y los sentimientos y comarca de las aspiraciones y frustraciones. Y el mundo de los ideales, un barrilete que no sujetan nuestros brazos, y que permanentemente perseguimos para hacerlo nuestro pájaro. Junto a las cosas o sentimientos tangibles, convive el mundo de la locura o psicosis, un escenario de biografías muertas y palomas extraviadas en la mente, al que le es imposible alcanzar la orilla firme de la vida.

Y el mundo del psicópata, versión caprichosa de la realidad, a partir de un escape a las leyes de la costumbre y el bien común, con ese marcado egocentrismo que en el psicópata es un instrumento para trabajar siempre para sí mismo, manipulando y esperando recuperar esa inversión malsana en el futuro, dejando a un lado al hombre común.

A la par, convive el mundo del arte, esa versión subjetiva de la realidad, intento por honrar las cosas y los sentimientos a partir de un alegato metafórico, una apelación a la dignidad de la belleza.

El gran Borges pregonaba que las cosas que no sucedieron también tienen existencia, su mundo: el muchacho que fallece en un accidente y deja a su novia en soledad, frustra una historia previsible de hijos, nietos, soles y sombras, que es posible construir en la margen del alma. Y está el mundo del futuro, una historia que indefectiblemente sucederá, pero que ignoramos cómo, y que sólo deriva como un sueño no descartable a partir de las acciones que cotidianamente realizamos, si es que la vida nos agasaja con la misma vida para alcanzarlo.

También hay que considerar el universo del imaginario popular. En esa nube constantemente voluble y generalmente arbitraria se deslizan las visiones que la gente tiene de la realidad, pero que no son, necesariamente, la realidad.

El universo de los niños es, a su modo, otra interpretación de la existencia; un pañuelito tibio, un cristal frágil donde la vida transcurre entre descubrimientos, inocencia, miedos, dependencias y expectativas; un premundo, escalón hacia las responsabilidades, los duelos y las realizaciones. El niño no es estrictamente sujeto protagónico, sino espectador, de una vida que presencia desde el asombro, pero sí un futuro habitante de ella.

Junto a la sana convivencia, los equilibrios y la moderación, convive el universo de los fanáticos, los fundamentalistas, para quienes el mundo no admite otra versión que la suya; dividen, trágicamente, el universo en sucesos negros y blancos; los grises y las demás opiniones no cuentan, son instrumentos descartables de la mediocridad que ellos ven en el otro, al que, incluso, les cuesta admitir.

Y está el mundo de la magia, esa opción de hechizo y privilegio, de presentar el conejo como duende, el naipe como poema, las manos como canarios, la imagen vivida como la nada, el vacío danzando en anillos que desafían la lógica y se presentan como ilusiones concéntricas.

Hay un mundo de los animales. Esos seres que cada vez se acercan más a nosotros, y ya son parte de nuestra vida, aunque nada sabemos sobre su lenguaje, sus leyes y sentimientos, cómo nos ven, cual es el color que advierten en nuestros ojos, qué piensan de nosotros desde el espacio que les ha sido dado en la vida.

Y el universo de lo imposible, aquello que sabemos no sucederá jamás, o es muy improbable que suceda. Lo que no veremos, lo que no podemos, lo que está muerto de no y ausencias.

Y el universo de Dios.