Ya me había olvidado lo que era llorar de rabia. Entonces me acordé de cuando tenía 10 años, una noche de mayo de 1957. Estaba quedado en casa de mi tía Juanita. Mamá estaba en Buenos Aires, acompañando a mi padre enfermo, en lo que serían sus últimos días. A mis hermanos los habían repartido en casas de otros parientes. Esa tarde ocupé las horas, con la sospecha de que algo terrible iba a ocurrir, limpiando el fondo de la casa, que tenía en desorden unos adobes que apilé con cuidado. Cuando llegó el tío Francisco, se sorprendió de lo que había hecho sin que me lo pidieran. Me abrazó simplemente, y yo intuí que el gesto llevaba mucho de consuelo anticipado. Cenamos en silencio. Luego ví que mi tía lloraba calladamente mientras lavaba los platos. Sin ganas fui a dormir y contemplé el patio. Una luna fría iluminaba el contorno de aquellos adobes. Pude dormirme finalmente y a media noche, serían las tres, me desperté. Instintivamente salí, miré al cielo y mis ojos abarcaron las estrellas, buscando un punto fijo. Una de ellas. "Ahí está papá”, me dije. Nada me habían dicho, nada había sucedido aún, pero tuve esa certeza. Me vino entonces aquél espasmo de llanto y rabia. Y mamá tan lejos, tan sola, pensé. Al otro día, al desayuno, hubo un alboroto en la galería de mi tía. Era que había venido mi prima Pola con la noticia. Yo estaba sentado a la mesa y el tío Francisco había depositado su mirada franca en mí. Yo no entendía nada y lo entendía todo. "¿Te gusta estar aquí?” me preguntó, como buscando que yo hablara. Sin contestarle, lo miré fijo. "¿Murió papá, no es cierto?” y el afirmó con la cabeza. "¿Fue anoche?”. "Sí, a eso de las tres”, me dijo y llevó a su hombro mi rostro envueltos en lágrimas. Después, repetí varias veces esa escena, solitario, escondido a las miradas.
"¡Pararse! ¡Sentarse!”.
El cabo Ávila, catamarqueño y bruto, esa tarde decidió "bailarnos” en la plaza de armas de la Cuarta Brigada Aérea, de Mendoza. Era para él un juego. Lo hacía para entretenerse, viendo cómo nosotros, los "milicos”, sufríamos calambres, cansancio y bronca, mientras caíamos sentados en el cemento, para volver a pararnos como resortes, con un fusil al hombro. Ya llevaríamos cerca de una hora en esa sesión, cuando extenuado resolví no obedecer más. A la orden de sentarse, me quedé parado y miré desafiante al cabo, que se me había acercado para ordenarme bien fuerte. "¡"Sentate carajo!”. No le hice caso y estiré el mentón. Me cruzó un sopapo feroz, cobarde, que me mandó al suelo y mi reacción fue levantarme y devolver el golpe. Uno de mis compañeros me atajó y me recordó que llevaba las de perder. Y tuve aquel ataque de rabia contenida. Seguí y el cabo disimulaba una estúpida sonrisa. No me había hecho daño, pobre infeliz. Aquel episodio, no era nada para mí. Ya había llorado lo suficiente antes de eso y me di cuenta que ya nada podría ser superior a aquella definitiva noche del "57, cuando desperté a eso de las tres.

Por Orlando Navarro
Periodista
Rodolfo Crubellier
Ilustración