Celulares, TV, iPods, videojuegos, ocupan la vida de una generación, aunque muchos adultos han entrado en ese mundo de la comunicación fácil, que paradójicamente muestra al hombre de este tiempo viviendo en soledad, lo que el filósofo Martín Buber vio como característica de la modernidad, pero hoy agravada aun en la proximidad de mucha gente, con la que la comunicación no pasa de formalidades sin compromiso. La falta de compromiso puede ser favorecida en la comunicación virtual, porque el otro está lejos y puede ocultar aspectos de su personalidad. Hoy la soledad que puede vivirse detrás de los aparatos que comunican con mucha gente a la que no se conoce, puede llevar también a la automarginación. A esa soledad se suma la falta de sentido, no se encuentra significado a las cosas, al mundo ni a la propia vida, si no se sale del auto encierro. La presencia virtual de varios referentes mediáticos, a veces casi anónimos, parece formar hábitos de soledad en compañía múltiple. La "soledad mediática”, sentimiento que acompaña al internauta que no sabe ver los aparatos de comunicación como un medio, detrás de los cuales hay seres humanos, no es producto de un fatalismo; la tecnología puede usarse bien, si la comunicación se hace desde la propia persona, no reducida a un aparato, y se dirige a otra persona no a otro aparato.
Susan Maushart en Perth, Australia, realizó durante 6 meses lo que llamó "El experimento”, comenzó cortando la electricidad unas semanas en la casa de modo que no podía usarse pantallas, Internet, nada de la tecno-comunicación actual; eso se vivió como entrar en la vida real. En el libro "El invierno de nuestra desconexión”, explica el redescubrimiento de placeres simples, el libro, cena familiar, el placer de ver fotos viejas; lo que antes no se hacía, cada uno con su iPod se mantenía aislado de los que estaban cerca, comunicándose con una lejanía tecno-presente cuya realidad virtual se agotaba en el momento; estando cerca de otros se puede sentir soledad.
Al suspender la conexión con la virtualidad en la que el individuo estaba inmerso, fuera de sí mismo, reducido al término de una aparatología, a estar detrás de una línea en forma casi anónima, queda tiempo libre. Un hijo de Susan ocupó ese tiempo tocando saxofón, terminado el experimento vendió la consola de juegos y estudió música en la Universidad, creyó que el experimento despertó la inclinación que alguna vez hubiera descubierto, no se conocía a sí mismo viviendo como un anexo a los aparatos de comunicación. Una hija frecuentó la biblioteca cuando necesitaba computadora para las tareas escolares, a la otra le costó más, usó electrónica fuera de la casa, eso estaba permitido en el experimento, pero mejoró las calificaciones. Antes para hacer tareas escolares necesitaban música, Facebook o mensajes; parece que resulta difícil en la situación actual, concentrarse en una tarea sin tener al mismo tiempo estímulos que capten la atención sin esfuerzo, dedicando algún tiempo a la tarea por realizar.
Un análisis así puede parecer una desvalorización de la técnica comunicativa, pero ese no es el tema, sino cómo usar las nuevas comunicaciones ya instaladas sin provocar daños en sí mismo y en los demás; de modo que ayuden al desarrollo de la personalidad, no a crear despersonalización. Para Susan el experimento significó redescubrir cosas, pero para los hijos por la edad, hasta 18 años, pudo significar descubrir un nuevo mundo, el real, si su vida se entendía desde los medios. Ella volvió a Nueva York con una hija, ésta usó Internet para iniciar amistad con niños antes de llegar a la que sería su nueva escuela. Los medios pueden usarse bien, aunque hoy la tecnología avanza sin la reflexión necesaria, podría descubrirse después que se estaba causando daños.
