La reciente gira latinoamericana del Papa fue seguida con suma expectativa por los analistas internacionales más allá del contenido pastoral en las visitas a Ecuador, Bolivia y Paraguay, debido al perfil populista que ciertos sectores le asignan a Francisco. Más por el impacto del discurso de Bergoglio en Santa Cruz de la Sierra con una dura condena al sistema económico mundial.
Considerado como un mensaje revolucionario, por el mayor contenido político y social desde el comienzo de su pontificado, fustigó con extrema dureza a "la dictadura del dinero", y convocó a unirse para rechazar el nuevo colonialismo financiero que está ahogando al mundo, aludiendo a la crisis de Grecia, con grave secuela social.
Francisco volvió a hablar de un mundo sumergido en una "tercera guerra mundial en cuotas" a través de un hilo invisible que une a cada una de las exclusiones: un sistema que ha impuesto la lógica de la ganancia a toda costa, y ya no se aguanta en los pueblos empobrecidos. Señaló que tampoco lo aguanta la madre Tierra, porque estaba hablando no sólo de problemas de América latina sino de toda la humanidad, por el castigo a los recursos naturales de un modo salvaje, tal como lo remarcó en su encíclica ecológica.
El Papa dijo que ni él ni la Iglesia tienen una receta para solucionar estos graves problemas, pero propuso tres grandes tareas: poner la economía al servicio de los pueblos; unir los pueblos en el camino de la paz y la justicia, y defender el medioambiente. Por eso llamó a denunciar el sistema actual y a decirle no a la economía de exclusión e inequidad. Y aseguró que el problema es que se sigue negando a miles de millones de personas los más elementales derechos económicos, sociales y culturales; un sistema que "atenta contra el proyecto de Jesús", según definió.
Por ello sugirió que el futuro de la humanidad está en la capacidad de organizarse y promover alternativas creativas, en la búsqueda cotidiana de las tres "t" (trabajo, techo, tierra) y también, en la participación protagónica en los grandes procesos de cambio nacionales, regionales y mundiales. Y reconoció que ninguno de los graves problemas de la humanidad se puede resolver sin interacción entre los Estados y los pueblos a nivel internacional, pero, aclaró, interacción no es sinónimo de imposición, una salida diplomática frente a los factores de poder.
