Al dialogar con los periodistas en el avión que lo condujo a Polonia, el papa Francisco se refirió a los atentados terroristas en diferentes ciudades del mundo y señaló con énfasis que la expansión de las incursiones del yihadismo islámico tienen un alcance comparable con las dos últimas guerras mundiales. Según el prelado no estamos presenciando guerras orgánicas, como fueron las de 1914 y la de 1939 a 1945, pero sí una bien organizada como la actual mediante los ataques terroristas, pero dejó en claro que no existe un móvil religioso como pretende imponer el Estado Islámico al hablar de ‘guerra santa’. Todo lo contrario, dijo, porque no hay un móvil religioso ya que todas las religiones buscan la paz.

Al sorprender con estas afirmaciones, el papa Bergoglio recordó que la palabra ‘seguridad’ es la que más se repite en el plano internacional, pero en realidad se debe hablar de guerra, porque el mundo ha perdido la paz. No es para menos si tenemos en cuenta que unos 200.000 efectivos de las fuerzas de seguridad sitiaron a Cracovia para dar protección al Papa y a la Jornada Mundial de la Juventud celebrada en la tierra de Juan Pablo II.

La reiterada denuncia del jefe de la Iglesia católica sobre esta guerra artera en escenarios dispersos, pero muy bien localizados, está llamando la atención en todas las naciones, en particular de Occidente, para afrontar la demencial ola fundamentalista. Ningún lugar de la tierra está a salvo donde pueda impactar un atentado sangriento que reinvindique el yihadismo -a costa de la inmolación de sus autores-, como castigo a los ‘infieles’.

En este panorama aparecen interrogantes sobre cómo está preparada la Argentina para contrarrestar la amenaza del ISIS. Nuestro país ha sido víctima de dos brutales atentados y por ello las autoridades deben observar con atención a las luces de alerta que encienden muy cerca, después de la detención en Brasil de supuestos extremistas islámicos que planeaban atentados durante la realización de los Juegos Olímpicos.

En la Agencia Federal de Investigaciones (AFI) se debería plantear este escenario de terrorismo potencial, dejando de lado las intrigas y seguimientos habituales del espionaje criollo contra políticos y personajes mediáticos. La Triple Frontera es un colador, como amplios sectores limítrofes copados por narcotraficantes en la infiltración ilegal.