
Estamos nuevamente en los momentos preliminares a la final de un mundial, con Argentina como protagonista. El tiempo parece estar suspendido. Las cosas, los problemas, los proyectos, también. El mundo futbolero, al cual pertenezco, sabe de qué se trata esto. El interés se vuelca absolutamente en el rectángulo verde donde se jugará la final. Allí se concentra nuestra imaginación, los sueños, la esperanza de una nueva vuelta olímpica. Nuestra mente funciona con una capacidad de abstracción, que a veces nos cuesta accionar en otras situaciones. Echamos afuera todo lo que no sea el partido.
Hoy estamos instalados en Qatar. Desde el miércoles, cuando se supo que Francia sería el rival en esta final, en nuestra mente Mbappé corre incansable y repetidamente por la izquierda, en la que sea acaso la imagen que más amenazas despierta. También lo vemos a Messi, acordonándose con la pelota, haciéndola imposible para los rivales. A Julián imparable, a Otamendi y Romero impasables. El "Dibu" imbatible. A todo el equipo funcionando como un reloj, como hacía rato no veíamos en un equipo argentino. Y eso tranquiliza. Hay fe, confianza, pero sabiendo que esto es fútbol y que cualquier cosa puede pasar.
RECUERDOS DE OTROS TIEMPO
Siempre lamenté que mi viejo falleciera antes de ver que fuimos campeones del mundo en el 78. Tan futbolero él, mis tíos, en fin. Todos se fueron sin disfrutar de los éxitos de 1978 y 1986. A mi generación la vida le ha dado esa posibilidad, y es para agradecer estar hoy ante la nueva perspectiva de otro campeonato. Ese que se nos fuera, como agua entre los dedos, en Brasil 2014.
En el 78, el gobierno de facto buscaba en este magno certamen futbolístico un hueco por donde simpatizar con el pueblo, como se hizo años después.
Es sorprendente ver como los políticos, tan incapaces de brindarle una alegría a la población, o al menos no provocarle angustias y desazón, tratan de prenderse de esa comunicación frenética que va desde la cancha a cada corazón de los argentinos. Para apropiarse de ella y producir una falsa comunión.
Esa tentación de subirse al carro vencedor, obvio, de los ídolos populares, para espejarse en ellos y soñar, por un momento, que las mieles del fervor y del cariño incondicional que reciben, también desparrama en su humanidad. Tal vez no sean capaces de advertir que detrás de los logros de la selección hubo trabajo, planificación, método, sacrificio. No todo es talento. También es aplicación y consecuente mérito. Si conectasen con la disciplina y rigor que se esconde detrás de los logros deportivos, otra cosa sería de quienes nos gobiernan.
LLAMADO A LA ILUSIÓN
El mundial que está haciendo Messi llama a la ilusión. Reconforta ver cómo se ha puesto el equipo al hombro y está liberado física y emocionalmente para liderarlo. Y los otros, a dientes apretados, habrán de dejarlo todo para no defraudarlo ni defraudarse. Jugadores renombrados de todo el mundo han expresado que Messi se merece un título del mundo. Así como hay otros, que le han bajado el precio, a él y a la selección, en una manifestación que para mí esconde temor. La furia con que parte de la prensa española, sobre todo la madrileña, ha expresado su deseo de que Argentina no gane, es un resentimiento directo con Messi, que amargó al Real, repetidamente con el Barcelona.
Las declaraciones de Luca Modric o el ex arquero español, Iker Casillas, entre muchos otros, sugiriendo que la FIFA ya "decretó" el triunfo del equipo nacional, a raíz de los arbitrajes que lo habrían favorecido, van en igual sentido. O del mismo Mbappé, afirmando que el fútbol sudamericano no tiene punto de comparación con el europeo, es algo que en mi barrio, cuando chico, tenía una definición clara y precisa: miedo (en realidad utilizábamos un término más vulgar, vinculado con la acción de defecar). El mismo Brasil manifestó temor, cuando en las eliminatorias metió un agente de salud, iniciado el partido, que hizo suspenderlo por temas vinculados al covid. Se hizo evidente que Brasil evitó jugar y eso que ya estaba clasificado. Nos temen.
Las mías, son impresiones de un hincha más que de un analista, y quieren transmitir confianza en el equipo, que va a intentar traerse el título. Los alrededores de la plaza 25 de Mayo, a esta altura de la mañana desierta, habrá de llenarse de almas, bombos, cánticos, papel picado y serpentinas. Mientras yo abrazaré a los míos y buscaré las fotos de mi viejo, de mi hermano Daniel, y mi yerno Diego Joaquín, un hijo para mí, y las besaré largamente. Ojalá.
Provecho propio
Es sorprendente ver como los políticos, tan incapaces de brindar satisfacciones a la población, o al menos no provocarle angustias y desazón, tratan de prenderse de esa comunicación frenética que va desde la cancha a cada corazón de los argentinos. Para apropiarse de ella y producir una falsa comunión.
Por Orlando Navarro
Periodista
