La primera fase de la crisis del Covid-19 llega a su fin. Tal y como mencionábamos el mes pasado, el personal médico, los políticos y los mercados tardaron un tiempo considerable en darse cuenta de la magnitud real de la situación. Ello responde a varios sesgos psicológicos muy conocidos. En primer lugar, a un sesgo de modelo mental que nos incitó a vincular este nuevo fenómeno a uno anterior, como la gripe estacional o el SARS que nos llevó a negar la trayectoria exponencial de esta epidemia (un 27 % de incrementos al día implica una duplicación cada tres días). El retraso a la hora de reaccionar que provoca este sesgo mental fue devastador en 2008, y ha vuelto a serlo en esta ocasión. En segundo lugar, se manifestó un sesgo endogrupal mediante el que subestimamos la interconectividad del mundo ("China es un país distante”, "Italia es un caso aislado”, etc.). Por último, una suerte de mentalidad gregaria llevó a un gran número de inversores a dormirse en los cómodos laureles de las tendencias, aunque estas fueran artificiales.

La rapidez de la corrección de los mercados bursátiles desde principios de año, con una caída media de entre el 20 y el 30 %, refleja sin lugar a dudas una importante toma de conciencia. Sin embargo, sigue siendo sumamente peliagudo cuantificar de manera fiable las repercusiones económicas inmediatas y a más largo plazo, dado que ningún modelo tradicional es realmente capaz de medir las consecuencias efectivas del confinamiento de un 40 % de la población mundial durante un periodo de tiempo indeterminado.

Por consiguiente, consideramos plausible que, de momento, los mercados sigan siendo objeto de una marcada inestabilidad antes de poder prever con algo de visibilidad la forma que tomará la siguiente fase.

Nunca está de más recordar que esta crisis ha sobrevenido en un contexto financiero de gran importancia: los bancos centrales estaban cerca de agotar su munición y sus medidas no han logrado devolver a las economías desarrolladas los ritmos de crecimiento anteriores a 2008. Desde hace algunos días, estos mismos bancos centrales se comprometieron a actuar sin límite alguno para tratar de restablecer la normalidad en los mercados de deuda, tanto pública como privada. Al día de hoy, esta apuesta parece haber resultado acertada, si bien no se puede cantar victoria todavía. Sea como fuere, el quid de la cuestión es que los bancos centrales no podrán ya pretender erigirse como las fuerzas motrices de una reactivación económica.

Por tanto, comienza una nueva era en la que el papel de realizar la mayor parte del esfuerzo de reactivación recaerá esta vez sobre los gobiernos. Sin embargo, la cuestión del endeudamiento no tardará en plantearse: este no podrá financiarse mediante el incremento de la carga impositiva al sector privado y no podrá disminuirse por medio de recortes del gasto público inadmisibles desde el punto de vista político. Por consiguiente, parece que se perfila una hipótesis principal que contempla unos desequilibrios presupuestarios significativos y de larga duración que llevarán irremediablemente a los bancos centrales a desempeñar el papel de compradores de deuda pública.

Consideramos que esta perspectiva no favorece una recuperación en forma de V de la actividad económica mundial una vez que la crisis sanitaria haya quedado atrás (como parecen confirmar los primeros datos económicos procedentes de China).

Para los ahorradores, tal vez marque también el final del milagro de la gestión pasiva y, en cambio, propicie el redescubrimiento de las virtudes de la gestión activa, si es capaz de gestionar los riesgos de mercado y seleccionar las empresas capaces de diferenciarse a largo plazo.

 

  • ¿Qué hacer?

La inestabilidad de los mercados, que se mantendrá a corto plazo, nos incita a tomar las siguientes medidas: Ampliar el alcance de estrategias de cobertura de riesgos a todas las clases de activos. Seguir invirtiendo en empresas vinculadas a las temáticas de la transformación digital, igual de diversificadas que las de distribución -incluida la alimentaria-, la salud o el ocio. Mantener nuestras inversiones en China, cuyo tejido económico nacional resulta privilegiado desde el punto de vista de la inversión; y aprovechar oportunidades específicas en deuda corporativa.

 

Por Didier Saint-Georges
Miembro del Comité de Inversión Estratégica en Carmignac.