La educación orienta, forma y guía. Esto es en rasgos generales una de las bases educativas, pero la realidad de hoy transforma el aula en un sinónimo de singulares hechos que van desde la violencia más extrema hasta el estrado político donde los jóvenes en vez de dedicarse a la tarea de estudiar presentan sus reclamos con toma de colegios y se constituyen en verdaderos actores políticos.

El ciudadano común contribuye para sostener la educación estatal y si bien el binomio educativo y la organización escolar deben estar sustentados en el diálogo abierto de las partes y un compromiso de no agresión en un clima de libertad y respeto, esto debiera reinar entre ambos. Saber implementar esos canales de comunicación no violenta es un arte, donde la responsabilidad recae en todos y va desde la familia al ámbito educacional.

Los nuevos actores políticos están allí para aprender contenidos, los docentes para transmitirlos por las diversas formas que la tecnología y el perfeccionamiento les impone hoy. Los reclamos juveniles pueden ser justos pero siempre el respeto a las jerarquías es una norma de convivencia que no se debe olvidar. Eso es la real interpretación de la democracia, no con atropellos ni acciones intempestivas.

Saber llegar a un ambiente de comprensión recíproco y de contención es una meta que deben fijarse los educadores. Pero aquellos que son receptores de una educación gratuita, privilegio de algunos países, tienen que constituirse en verdades forjadoras de una libertad responsable que los harán con el tiempo útiles a las causas nobles que ellos se fijen para su propia prosperidad y como espejo de un país, que avanza aún en la adversidad y la crisis.