Siempre el ser humano ha tenido necesidad de apoyarse en algo que esté más allá de las cosas, más allá de lo sensible, material y palpable, que le brinde seguridad y protección, principalmente en los momentos difíciles de su vida. Además de la adoración a Jesús, y la veneración brindada a la Virgen, a San José y a los santos y ángeles, la devoción popular venera almas no inscriptas en el catálogo de los santos.

Esto pertenece a la devoción a las almas del Purgatorio, las benditas "ánimas”, que por alguna característica o virtud especial, atrae también sus miradas (defensa de la justicia, solidaridad, fidelidad, amor), y que también pueden estar en el cielo aunque no canonizadas aún, pues no lo sabemos. Con respecto a la devoción popular o religiosidad popular, puede consultar los números 1674, 1676 y 1679 del Catecismo de la Iglesia Católica, y sobre a las almas del purgatorio, se puede consultar en el mismo Catecismo, los números 954, 958 y 962.

En el Nº 958 dice que nuestra oración por ellos hace más eficaz su intercesión por nosotros. Éstas expresiones de fe popular hacia las almas del purgatorio no alteran la fe de la Iglesia cuando se les brinda un culto que no es desmedido, sino de intercesión por ellas y de pedido a ellas de intercesión.

El culto de adoración siempre es referido a Dios. A los santos y a las benditas almas se les rinde un culto de veneración, pero sin que entre en esto la superstición ni la magia, como el querer "manejarlos” para lograr nuestros objetivos.

Ellos, a nuestro pedido, interceden libremente ante Dios, principalmente para que se haga "Su voluntad” (Cat. 2822-2827 y 2860), que es lo que más nos favorece a nosotros. Esta voluntad no siempre coincide con lo que nosotros pretendemos.

Una creencia errónea muy extendida en este tipo de culto popular, es que el alma es "cobradora”: Si no se le cumple la promesa de alguna forma se lo "cobrará” (¿se vengará?).

Los santos son toda bondad y nunca causarían ningún mal a quienes acuden a ellos, por más que no lo hagan con la mayor pureza de intención, aunque las promesas hay que cumplirlas por la virtud de religión. Además, la promesa no asegura el cumplimiento del pedido, siempre sujeto a que se cumpla la voluntad de Dios.

Para la canonización de una persona, se puede consultar www.vatican_va , en la congregación para la causa de los santos.

Se introduce la causa por su fama de santidad (es "siervo de Dios”). Al reconocerse sus virtudes cristianas heroicas, en grado sumo su justicia, religiosidad, oración, laboriosidad, etc., pasa a ser "venerable”, pero aún no se le rinde culto público.

Este culto público comienza en los lugares autorizados luego de que el "venerable” realiza por su intercesión ante Dios (Dios es el que "realiza”), algún milagro no explicable naturalmente. El culto entonces es autorizado pero no aún universalmente ni se celebra públicamente en todos los lugares, sino donde tuvo mayor influencia. Entonces pasa a ser "beato”.

Cuando Dios a través de la intercesión del beato realiza un nuevo milagro, confirma que está junto a Él en el cielo, y es canonizado, declarado santo, y su culto se extiende públicamente a todas las regiones de la tierra donde está la Iglesia.

El santo ha vivido en grado heroico las virtudes cristianas. El mártir ha dado su vida por la fe, y se la han arrebatado violentamente.

Frente al oratorio de la Difunta Correa en San Juan, se ha erigido un templo bajo la advocación de Nuestra Señora del Carmen, precisamente la patrona de las benditas almas del purgatorio, a fin de brindar atención espiritual a los peregrinos y encauzar esa devoción popular. Esta es una forma de buscar a Dios y lo sobrenatural, y muchas veces se combinan y entrecruzan con la formas públicas de oración de la Iglesia y con la devoción a santos ya reconocidos y venerados en ella.

La Difunta Correa es muy querida, no solamente en San Juan: Se valoran en ella la fidelidad a su esposo, el amor a la familia, y el haber amamantado a su hijo ya muerta de sed en el desierto al ir tras su esposo para no exponer su fidelidad conyugal ante el comisario que la asediaba en su pueblo y que trasladó a su esposo a fin de poseerla.

La devoción popular siempre es tenida en cuenta por la Iglesia (Catecismo Nros. 1674 al 1676), y es punto de partida muchas veces para mejor formar a los fieles cristianos.