Se puede pasar de la gloria a Devoto sin escalas en esta Argentina de hoy, o viceversa. Lo atestigua don Raúl Ricardo Alfonsín, el infatigable líder radical fallecido el martes que en los 20 años que transcurrieron desde su abandono de la Presidencia hasta su fallecimiento pasó del olvido al pontificado.
Dos imágenes bien contrapuestas de su vida pública, con dos décadas en el medio. Los saqueos de los supermercados con los que fue despedida su gestión a causa de la hiperinflación y la larga hilera de partidarios y no tanto que fueron a despedirlo al Congreso. Sin relación una con otra, y sin embargo se trata del mismo hombre.
No hizo nada especial don Raúl para cambiar aquella imagen deteriorada con la que dejó la posta del país a manos de Carlos Menem y que lo llevó a convertirlo junto a su sucesor y sus colegas de generación en la "vieja" política, que aún sigue siendo en el inconciente colectivo mas sinónimo de mezquindad que de experiencia.
Nada, sólo seguir siendo un tenaz luchador por sus ideas, buenas o malas pero suyas. El fenomenal rescate con el que fue despedido por la ciudadanía tiene que ver más con lo que hoy falta que con sus incuestionables valores. Los miles que pasaron por el Congreso y los cientos de miles que dejaron una mueca de dolor al conocer la noticia de su muerte tuvieron un reflejo en la actualidad para valorar a Alfonsín: en un país dividido e intolerante, la imagen de un negociador político nato pese a luchar por sus convicciones se parece mucho a la de un ángel.
Don Raúl exprimió a lo largo de su vida política una empinada dedicación al pluralismo y a los valores democráticos. Una inclinación evidente hacia el diálogo, aún con sus más enconados adversarios. Y una decisión juramentada por defender lo que piensa, con la condición de no atropellar lo que piensan los otros.
Y en la Argentina de hoy, esos son condimentos no menores y aun más requeridos justamente por su ausencia. Qué curioso que esa valoración haya derrotado por goleada a cualquier otro recuerdo sobre Alfonsín, algunos de ellos de no poca ponderación en el paladar popular como una de las crisis económicas más violentas de la vida política argentina hasta ese entonces (luego vendrían más).
De sus momentos más traumáticos hay recuerdos múltiples de salida dialogada. Aquella vez, luego tan criticada, en que se sentó a la mesa con los militares que lo extorsionaban con la exigencia de las leyes del perdón y que firmó con tal de poner a salvo el sistema democrático. Y que consiguió, lo que no fue poco y mucho menos en la dimensión actual, encolumnar a la oposición política detrás suyo. Se había debatido entre la ética de la convicción y sus obligaciones como hombre de Estado y se llevó a su casa sin chistar el disgusto por haberse inclinado por estas últimas.
O aquel día que sorpresivamente, y luego también duramente criticado, aceptó una invitación de Carlos Menem para acordar una reforma a la Constitución, en lo que se llamó Pacto de Olivos y que se acuñó como sinónimo de contubernio político. Aún así, se sentó con su sucesor -el mismo que lo despellejó por haber abandonado el poder antes de tiempo- y sacó lo suyo. Un núcleo de reformas enfocadas desde su visión progresista y participativa que le permitió quedar mejor parado que su interlocutor, quien sólo buscó y obtuvo la reelección.
Fueron tiempos duros esos que le tocó vivir a Alfonsín como presidente, el primer escalón de una larga escalera para salir del sótano de la dictadura. Y ese primer paso siempre es el más dificultoso: porque hay que frenar el ritmo para avanzar más firme y porque a pesar de eso no hay que dejar en la banquina a las convicciones.
Y lo pagó con una gestión que se fue descascarando de a poco por ese roce. De arranque, debió correr con la cuenta de uno de los desquicios menos abordados por los historiadores de los años recientes: el quiebre económico y financiero que dejó la dictadura, además del más remanido quiebre moral. Bernardo Grinspun, su primer ministro de Economía, se encontró muy pronto con la necesidad de remontar esa cuesta, compuesta por un endeudamiento insoportable para las cuentas públicas de entonces, las reservas de divisas casi en cero y la actividad productiva e industrial fundida.
Luego, el factor militar, que no era poco. Que le selló el pasaporte en aquel episodio de Semana Santa y también le marcó la puerta de salida poco antes de irse (enero de 1989), cuando unos románticos de aquellos tiempos que buscaba dejar atrás liderados por Gorriarán Merlo coparon el regimiento de La Tablada y dejaron un saldo de 30 muertos: otra vez la inestabilidad política, poco antes de la inestabilidad económica que lo llevó a adelantar las elecciones previstas en octubre, para mayo (cualquier semejanza con la realidad es coincidencia).
En el alajero de aquellas frases célebres de las que fue usina ("con la democracia se come, se cura, se educa", o "Felices Pascuas, la casa está en orden"), sobresale el recuerdo de aquellos tiempos de relaciones con los cuarteles cuando dijo: "cualquiera caza leones en el zoológico, hay que cazarlos en la selva". A él le tocó la selva, y pronunció aquella frase cuando fue objetivo de los dardos por las leyes de Punto Final o Obediencia Debida, en supuesta contraposición con el avance de las causas muchos años después.
Es que había que tener pulso en aquellos tiempos para sostener los rumores de los cuarteles, del peronismo opositor y de los mercados. Lo hacía Alfonsín cuando utilizaba su notable capacidad de seducción hacia propios y extraños. Y lo ponía en juego en sus años jóvenes, cuando de campaña fue capaz de atraer a un millón de personas frente al Obelisco, y en cada uno de los minúsculos actitos en los que salía a poner el pecho muchos años después de dejar la Presidencia. El último en San Juan fue en 2006 en Caucete, donde lo vieron sólo unas pocas personas. Tenía 79 años.
Debe sentirse reconfortada la ciudadanía por haber participado estos días de un puñado de hechos simbólicos con la despedida a Alfonsín.
Antes que nada, por haber aprendido la lección democrática. Porque la sociedad argentina viene pronunciando desde hace años y de manera demasiado peligrosa ese desprecio visceral a "los políticos" en términos generales como si se los pudiera poner a todos en la misma bolsa, o como si fuera posible hablar de "los contadores" o "los periodistas".
Eso es lo que resonó en tiempos de las cacerolas que tronaban "que se vayan todos" (¿y que venga quién?) o cuando alguien ajeno a la militancia pero con aspiraciones públicas se presenta y dice "yo no soy político", pese a estar ejerciendo el oficio. Alfonsín fue el paradigma del político, y no sólo eso sino también del político de la vieja camada, casi un insulto hasta hace bien poco. Y se retiró al descanso eterno en andas, como lo hacen los hombres de Estado y como ocurre en las sociedades civilizadas.
Otro hecho simbólico que celebró la gente fue despedir a un ex presidente que falleció en un departamento de clase media acomodada, pero lejos de los lujos y de los dolientes de anteojos oscuros y foja de servicio dudosa. Tal vez por eso, el minuto de silencio llegó merecidamente hasta las escuelas.
Y al final, la evidencia de que no siempre la economía es lo más importante. Al menos, en los momentos que no aprieta hasta la asfixia.

