En aquel tiempo la gente decía de Jesús: "¿No es este el hijo de José?". Él les dijo: "Seguramente me van a decir el refrán: Médico, cúrate a ti mismo. Todo lo que hemos oído que ha sucedido en Cafarnaúm, hazlo también aquí en tu patria". Y añadió: "En verdad les digo que ningún profeta es bien recibido en su patria. Les digo de verdad: Muchas viudas había en Israel en los días de Elías, y a ninguna de ellas fue enviado, sino a una mujer viuda de Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue purificado sino Naamán, el sirio. Oyéndolo, todos los de la sinagoga se llenaron de ira; y, levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad. Pero él, pasando por medio de ellos, se marchó (Lc 4,21-30).

Jesús, después de dejar Nazaret, y de predicar y obrar curaciones desde hacía algún tiempo en otras partes, regresó una vez a su pueblo y se puso a enseñar en la sinagoga. Sus conciudadanos "quedaban asombrados" por su sabiduría y, dado que lo conocían como el "hijo de María", el "carpintero" que había vivido en medio de ellos, en lugar de acogerlo con fe se escandalizaban de él. Jesús mismo les pone como ejemplo la experiencia de los profetas Elías y Eliseo, que precisamente en su patria habían sido objeto de desprecio, y se identifica con ellos. Elías era uno de los grandes profetas del Antiguo Israel. Actuó en el reino del Norte, en el siglo IX a.C, en el tiempo del rey Ajab y de su pérfida mujer, Jezabel. Tanto en el 1º como en el 2º Libro de los Reyes se narran sus grandes milagros y su enérgica lucha contra el culto idolátrico a la divinidad Baal. Eliseo era un profeta del siglo IX a.C, discípulo de Elías y gran taumaturgo. Continuó la lucha de su maestro contra la idolatría. Al citar los dos episodios bíblicos de Elías y de Eliseo, Jesús desea demostrar que lo mismo que le ocurrió a ellos, le está sucediendo ahora a él. El rechazo de sus paisanos es ubicado aquí en el ámbito de la historia de la relación de Dios con su pueblo, bajo dos puntos de vista. Por una parte, los nazarenos, rechazando a Jesús no hacen más que renovar un rasgo tristemente repetitivo de la historia de Israel contra sus profetas. Por otra parte, los casos de la viuda de Sarepta y de Naamán, un general arameo que es definido como siríaco, recordado porque el profeta Eliseo lo curó de la lepra (cf. 2 Re 5), testimonian que la misericordia de Dios se extiende más allá de los confines de Israel. El amor compasivo de Dios se extiende hacia los pobres, las viudas y los enfermos de todas partes. Es que la iniciativa salvífica de Dios tiene una extensión universal, con preferencia a las periferias. 

"Todos en la sinagoga se llenaron de ira" (4,28). El estupor inicial y el velado escepticismo sucesivo dejan lugar al rechazo violento. La misma suerte la vivirán los discípulos de Jesús. Pero lo que no se debe hacer jamás es abdicar ni dejarse vencer. Es lo que experimentó Jeremías, quien vivió en un tiempo de crisis en Israel, y acompañó a su pueblo en la deportación a Babilonia. Lo leemos en la primera lectura de hoy. En el 597 a.C fue tratado como un traidor por haber pedido al rey abandonar los caprichos personales y vivir en fidelidad a la palabra de Dios. Jeremías vivió la fragilidad, pero Dios le advierte: "No te dejes intimidar. Hoy hago de ti una plaza fuerte, una columna de hierro: frente a los reyes de Judá y a sus jefes. Ellos te harán la guerra, pero no te derrotarán, porque yo estoy contigo para librarte" (Jer 1,18-19). Como afirmaba el papa Francisco hace pocos días: "Los santos son los que tienen la valentía de creer que Dios es el Señor y que todo lo puede". Hay que aprender que el éxito en la vida no se mide por lo que logras, sino por los obstáculos que superas. Es que la vida consiste en caerse mil veces y levantarse de nuevo. La vida nos va presentando obstáculos, pero los límites los ponemos nosotros. Si los planes no funcionan habrá que cambiar los planes pero nunca las metas. No es tu aptitud sino tu actitud lo que determina tu altitud. Para vivir la fe es necesario abandonar los temores. Como dice un célebre adagio: "El miedo llamó a la puerta del corazón, abrió la confianza, y fuera no había nadie". La fe disuelve todos los problemas, nubarrones y oscuridades. "Se levantaron y lo echaron fuera de la ciudad, pero él, pasando en medio de ellos, continuó su camino" (4,29-30). El verbo "continuar su ruta" se encuentra en el tiempo verbal imperfecto griego para indicar que nada lo detiene. La oposición de sus paisanos jamás lo deprime ni tira atrás.

 

Por el Pbro. Dr. José Manuel Fernández