El avance de la tecnología ha facilitado en muchos aspectos la vida de los usuarios, pero también es cierto que la relación de las personas con los equipos ofrecidos por la técnica puede volverse patológica. Aunque no hay estudios científicos que den cuenta de la prevalencia del tecnoestrés en la sociedad, una investigación reciente de Intel en varios países del mundo detectó que el 40% de los usuarios permanece 24 horas, siete días a la semana, conectado a sus dispositivos, mientras que 8 de cada 10 duermen junto a su celular.
Sin que sea una epidemia, una proporción significativa de la población puede estar aquejada por estos males. De hecho coinciden en que las consultas por este tipo de casos están en aumento. El término "tecnoestrés" comenzó a oírse en los años 70, entendido como la sobrecarga de información que puede alterar a las personas. Esta patología puede manifestarse de diversas maneras: tecnoansiedad, que es la tensión derivada por el uso extremo de las tecnologías y que se revela, por ejemplo, en la necesidad imperiosa de responder un mensaje de manera inmediata más allá del contexto y de que la respuesta no sea de carácter urgente. Es también un estado de nerviosismo que, precisamente, desencadena la falta de conexión.
Por otra parte está la tecnofilia, que puede plasmarse en un deseo desmedido por adquirir el último aparato lanzado al mercado. Está también la tecnofatiga, que se caracteriza por un estado de cansancio mental y físico, agotamiento cognitivo, trastornos visuales, cefaleas y dolores musculares, derivado del uso excesivo de las tecnologías. Y a pesar de este agotamiento, la persona no consigue desconectarse. Otro cuadro está dado por la tecnoadicción, que tiene que ver con la necesidad desmedida de usar la tecnología en cualquier momento y lugar, hasta tal punto que la vida real de la persona se ve alterada por la preponderancia de las relaciones virtuales.
El sondeo de Intel también determinó que el 20% de los usuarios prefiere perder la cartera que el teléfono, mientras que 43% cree que su dispositivo refleja su personalidad. De este modo, las relaciones interpersonales se vuelven más virtuales que reales, hecho que los hace susceptibles a caer en el uso abusivo y descontrolado. Aunque parezca obvio, no está de más recordar que el objetivo es, siempre, ser usuarios de la tecnología y no sus esclavos.
