La decisión del gobierno británico de reforzar el despliegue militar en las Islas Malvinas, ante un hipotético ataque por parte de la Argentina, es una medida tan absurda porque no existe ninguna hipótesis de conflicto en la región, ni tampoco nuestras alicaídas Fuerzas Armadas pueden emprender una escalada bélica contra uno de los pilares de la OTAN. Además, ya de por si los territorios insulares usurpados por el Reino Unido constituyen una gigantesca base militar porque es el único lugar del mundo donde hay un soldado por cada dos habitantes.
Es tan descabellado suponer que se necesita aumentar el poderío británico en una remota base militar, ya de por si desproporcionada para una zona definida como de paz en el mapa de los conflictos globales, que no cabe otra explicación que se trata de una nueva ficción de la política interna del primer ministro David Cameron para lograr el apoyo de los duros conservadores en este año electoral y alentar a la industria armamentista. Habría que preguntarle a la gran mayoría de los súbditos de la Corona si comparten la idea de incrementar el presupuesto de Defensa en momentos de una crisis económica que impulsó recortes en la salud. aumentos en los costos de la educación y mayor inversión en seguridad ante la amenaza islámica en cierne sobre Europa.
Si la estrategia interna del gobierno de Londres es interesar a los electores en el apoyo de mantener vivo el espíritu colonialista a costa de millones de dólares en armamento, ante el temor de un ataque argentino a un territorio ocupado desde 1833, sin que exista ni siquiera insinuaciones y menos amenazas, es sin duda un acto de provocación basado en la insensatez.
Argentina lo que viene exigiendo a Gran Bretaña -y apelando al diálogo-, es que cumpla con las resoluciones de las Naciones Unidas para la restitución de nuestra soberanía, respetando el derecho internacional. En tal sentido el canciller Héctor Timerman anticipó ayer que nuestro país denunciará esta situación ante el Comité de Descolonización de la ONU, reafirmando la necesidad de apelar al diálogo y al derecho internacional, para superar el diferendo.
Es una posición absolutamente opuesta a la que exhibe Gran Bretaña, que incumple con las normas de entendimiento diplomático y se escuda en la fuerza, no sólo en la cuestión del Atlántico Sur sino en todos los lugares del mundo donde tiene presencia en coaliciones armadas.
