Con la celebración de hoy, ingresamos en la Semana mayor de los cristianos. El evangelio comienza diciendo que "Jesús marchaba por delante subiendo a Jerusalén” (Mt 21,1; Lc 19,28). En seguida, al inicio de la liturgia de este día, la Iglesia anticipa su respuesta al evangelio diciendo: "Sigamos al Señor”. De este modo se expresa claramente el tema del Domingo de Ramos. Es el seguimiento. Ser cristianos es un camino, o mejor aún, una peregrinación junto a Jesucristo, en la dirección que él nos ha indicado. ¿De qué dirección se trata? La frase del evangelio nos da dos indicaciones. En primer lugar, dice que se trata de una subida. Esto tiene ante todo un significado muy concreto. Jericó, donde comenzó la última parte de la peregrinación de Jesús, se encuentra a 250 metros bajo el nivel del mar, mientras que Jerusalén, la meta del camino, está a 740 metros sobre el nivel del mar: una subida de casi mil metros. Pero este camino exterior es sobre todo una imagen del movimiento interior de la existencia, que se realiza en el seguimiento de Cristo: una subida a la verdadera altura de ser hombres. El hombre puede elegir un camino cómodo evitando toda fatiga, y bajando hasta lo vulgar. Puede hundirse en el pantano de la mentira y la deshonestidad. Jesús camina hacia lo alto y nos guía hacia lo que es grande; hasta el aire saludable de las alturas: hacia la vida según la verdad; hacia la valentía que no se deja intimidar por la charlatanería de las opiniones dominantes; hacia la paciencia que sobrelleva y sostiene al otro. Nos guía hacia la disponibilidad para con los que sufren; hacia la fidelidad que está de parte del otro incluso cuando la situación se pone difícil. Guía hacia la disponibilidad a prestar ayuda; hacia la bondad que no se deja desarmar ni siquiera por la ingratitud. En definitiva, nos lleva hacia el amor que es Dios mismo.
Jesús comenzó el camino junto a los Doce, pero poco a poco se unieron a ellos un número creciente de peregrinos. Mateo y Marcos afirman que a la salida de Jericó había una "gran multitud” que seguía Jesús (Mt 20,29; Mc 10,46). Al borde del camino, en este último trayecto, estaba sentado un ciego llamado Bartimeo. Percibe con su oído que, entre los numerosos peregrinos, se encuentra Jesús, y comienza a gritar: "Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí” (Mc 10,47). Jesús le devuelve la vista y Bartimeo "lo siguió por el camino” (Mc 10,48-52). Recobrando la vista, se unió en la peregrinación hacia Jerusalén. Sin los ojos de la fe, será difícil celebrar la Semana Santa acompañando a Jesús. El Maestro llega al Monte de los Olivos, y envía a dos discípulos diciéndoles: "Vayan al pueblo que está enfrente, e inmediatamente encontrarán un asna atada, junto con su cría. Desátenla y tráiganmelos”. Esto sucedió para que se cumpliera lo anunciado por el profeta: "Digan a la Hija de Sión: mira que tu rey viene hacia ti, humilde y montado sobre un asna, sobre la cría de un animal de carga”. Los discípulos fueron e hicieron lo que Jesús les había mandado; trajeron el asna y su cría, pusieron sus mantos sobre ellos y Jesús se montó. Entonces la mayor parte de la gente comenzó a extender sus mantos sobre el camino, y otros cortaban ramas de los árboles y lo cubrían con ellas. La multitud que iba delante de Jesús y la que lo seguía gritaba: "¡Hosana al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosana en las alturas!” (Mt 21, 2-9). En todos estos detalles está presente el tema de la realeza con sus promesas. Al pedir un asna, está reivindicando el derecho real de contar con un medio de transporte: un derecho conocido en la antigüedad y que pertenecía a los reyes. También el hecho que se trate de un animal sobre el cual nadie se haya montado, recuerda un derecho real. Igualmente, el extender los mantos, tiene su tradición en la realeza de Israel (cf. 2 Re 9,13). Lo que los discípulos realizan, es un gesto de entronización de la realeza davídica, imitado también por la gente que, además, cortan ramas de árboles y cantan el salmo 118; canto de la liturgia de los peregrinos de Israel. "Hosana” es un término que originariamente significaba "Ven en nuestra ayuda”. Luego pasó a ser una expresión de júbilo, y en el tiempo de Jesús, tenía un significado mesiánico: alabanza alegre, esperando que esa fuera la hora del Mesías. En este Domingo Jesús se presenta como el rey que entra en Jerusalén, con la grandeza de la humildad y la omnipotencia de la paz. Sin estas dos virtudes será imposible ingresar en la Semana Santa y admirar la victoria de un Dios que muere amando para resucitar pacificando.
