Ya te habías olvidado de que estuve esta mañana con vos. Sin embargo, te acodabas, con bellos detalles, de aquella tarde de mi temprana edad cuando corté una flor silvestre de orillas de la acequia y te la regalé para tu cumple.

La vejez hace añicos el presente y se cobija en el pasado, como si de este modo de andar repudiara las sombras y salvara la barca de la vida tomándose de la mano de los mejores días.

Te pido perdón por no haber podido regalarte estas palabras este nuevo tercer domingo de octubre. Creo que igualmente valen, porque nunca me las hubieras reclamado (vos que dedicaste la vida a proteger tus polluelos y no pedirles nada por esto), y porque las ofrendas no necesitan condiciones.

Abrazo grande, mamá, desde este tiempo sin tu mano fuerte y abarcadora como un beso y tu presencia de flor lastimada por recurrentes otoños, pero flor al fin. La melancolía que a veces nos invade tiene cara de ausencia, en la mayoría de los casos. Suele, otras veces, treparse a perfumes inconmovibles de vivencias atesoradas. Todo eso nos protege del miedo y la angustia. Todo eso nos concierne como seres humanos hechos para el amor y los sueños.

Aquella tardecita de domingo triste, cuando me dijiste que ibas al almacén que ya no quedaba en la esquina, y yo te dejé ir al encuentro de -esas- las flores de tu barrio, siguiéndote de cerca para que tu frustración por no encontrar tus recuerdos en la confluencia de Mitre y Salta no fuera tanta, comencé a entender que en realidad te ibas de nosotros en esa nebulosa de misterios que envuelve la vejez. Y que, con el pasito desparejo y gris de una mariposa enferma, estabas buscando tu origen, o nos buscabas a nosotros por esas calles hoy extrañas, para encontrarnos entre aquellos primeros llantos, que depositaste en tu pecho y desde donde jamás nos dejaste caer.

Muchas cosas se han perdido, mamá, muchos vientos de agosto brutal nos han sacudido algunas ilusiones. Pero también mucha vida triunfal ha pasado bajo puentes de luz. Podés estar tranquila; aquella dulzura con la que te prodigabas cuando nos tapabas la espalda o cuando seguramente temblabas cuando tardábamos en llegar, no ha sido en vano; el amor nos protege.

Gracias, mama, por darme el don de escribir poemas y diseñar canciones que hemos podido cantar en entregas a la gente simple, a los tristes y a los ilusionados. El poema y la música hacen bien. Aquella tardecita de domingo triste, cuando me dijiste que ibas al almacén que ya no quedaba en la esquina, seguramente tu tranquito ajado andaba manoteando azules de ese cielo que con creces te ganaste. Gracias por todo, mamá, Yeya.