Jesús dijo: ‘Si alguien me ama, guardará mis palabras, y mi Padre lo amará y vendremos a él para hacer nuestra morada en él. El que no me ama no guarda mis palabras, pero mi palabra no es mía, sino del Padre que me envía. Les he hablado mientras estaba con ustedes. En adelante el Espíritu Santo que el Padre les enviará en mi nombre, les va a enseñar todas las cosas y les recordará todas mis palabras. Les dejo la paz, les doy mi paz. La paz que yo les doy no es como la que da el mundo. Que no haya en ustedes ni angustia ni miedo. Ya han oído lo que les dije: Me voy pero vengo a ustedes. Si ustedes me amaran, se alegrarían de que voy al Padre, pues el Padre es mayor que yo. Les digo estas cosas antes que sucedan, para que cuando sucedan, ustedes crean” (Jn 14,23-29).

Hemos llegado al último domingo del Tiempo Pascual antes de las dos grandes fiestas conclusivas: la Ascensión y Pentecostés. El evangelio de hoy es como un portal que introduce a esas dos solemnidades. Se trata del ‘discurso del adiós”. Jesús está por partir y habla a los suyos. Los momentos de la partida son particulares respecto a las emociones que se experimentan. Hay diversos tipos de adiós: al emprender un viaje, al final de una relación, ante el ocaso de la vida. En el evangelio de este VI domingo de Pascua, Jesús anuncia a los apóstoles los dones pascuales, frutos de su pasión y resurrección. En primer lugar, el don de un amor nuevo que es inmersión plena en la Trinidad Santa, que desea habitar junto a quien cree y ama (14,23). El miércoles pasado, en la audiencia general el Papa Francisco señalaba que ‘el amor cristiano es un amor comprometido que se hace concreto en la vida”. En segundo término, el don de la paz, que es distinta a la que el mundo ofrece. Una paz que es mas fuerte que cualquier turbación y que asegura la superación de toda dificultad (14,27). ‘La paz que yo les doy no es como la que da el mundo”. La paz del mundo es sólo tregua; es con frecuencia una ilusión. Los judíos se saludaban y aún se saludan con la palabra ‘Shalom”. En la Biblia, ésta dice más que la ausencia de guerras y desórdenes. Indica positivamente bienestar, reposo, seguridad, éxito, gloria. La Escritura habla incluso de la ‘paz de Dios” (Fil 4,7) y del ‘Dios de la paz” (Rom 15,32). Paz no indica, por lo tanto, sólo lo que Dios da, sino también lo que Dios es. Esto nos dice que esa paz del corazón que todos deseamos, no se puede obtener nunca total y establemente sin Dios, fuera de Él. Dante Alighieri sintetizó todo esto en ese verso que algunos consideran el más bello de la Divina Comedia: ‘En su voluntad está nuestra paz”. Jesús da a entender qué se opone a esta paz: la turbación, el ansia, el miedo: ‘No se turbe vuestro corazón”. Habrá que aplacar la ansiedad, la inquietud, el nerviosismo que nos devora y nos impide disfrutar de un poco de serenidad y calma. Hay quienes por temperamento están más expuestos a estas cosas. Si existe un peligro, lo agrandan; si hay una dificultad, la multiplican por cien. Todo se convierte en motivo de ansiedad. El evangelio nos indica un remedio: ‘No se turbe vuestro corazón. Tened fe en Dios y tened fe también en mí” (Jn 14,1). El remedio es la confianza en Dios.
Finalmente, el don del Espíritu Santo Consolador y Abogado, como maestro y memoria de las cosas que Jesús nos ha enseñado (14,26). Las traducciones del griego al español traducen al Espíritu como el ‘que trae consuelo”, pero en verdad éste significado no encierra la plenitud de sentido. ‘Paráclito”, en griego se debe traducir como ‘aquel que viene a socorrernos, el protector”. La acción del Espíritu no es la de venir en los casos de emergencia, sino una acción que la precede. Por eso es que Jesús invita a la serenidad.No quiere que entre los suyos exista el temor, sino el amor. El Espíritu Santo es quien otorga a la Iglesia los dones del dinamismo misionero, que impide que ella sea nostálgica; la fidelidad que impide a la Iglesia la división y la dispersión; la profecía, que hace comprender a la Iglesia los signos de los tiempos; la tolerancia y el diálogo que impiden a la Iglesia la enfermedad del integralismo; la esperanza que hace que la Iglesia supere las dudas y las incertezas. En una homilía del 28 de abril de 2013, el Papa Francisco afirmaba que ‘esta es la acción del Espíritu Santo: nos trae la novedad de Dios; viene a nosotros y hace nuevas todas las cosas, nos cambia. El Espíritu Santo nos transforma y quiere servirse de nosotros para transformar el mundo en que vivimos”.