La palabra puede ser un puente de luz entre los hombres y a veces el silencio respetuoso y gentil puede ser mejor que las palabras. Sin embargo, el lenguaje funda las relaciones humanas, da vida a los seres y los comunica con una fuerza conceptual a la que acompañan los gestos y los tonos.

Existen profesiones en que la palabra es fundamental, la docencia, el periodismo, la abogacía, la psicología y existen otras en las que tienen determinado valor, por ejemplo la palabra valiosa y humanizada del médico, que crea una esperanza o el silencio que a veces tiene un efecto devastador.

Para los informáticos las palabras se convierten en símbolos, caracteres, para los ingenieros en números al igual que para los matemáticos y contadores.

Pero en fin, vivimos en un mundo de palabras y analizar su valor es muy importante. Si tomamos un ejemplo al azar y pensamos en un médico que se guía por la apariencia del enfermo y emite conceptos grotescos, rudos y fuertes, no empatiza con el paciente y tampoco simpatiza porque no es sensible al dolor, o quizás en algún rincón de su carrera quedó olvidada la más sutil de las materias: Relaciones Humanas, que en realidad es también una vivencia y una práctica constante para el buen vivir y el mejor entendimiento.

Cuando un médico mira a su paciente debe haber profundidad en su mirada, hondura en su pensamiento y sutileza en su trato, no importa la condición social ni el aspecto físico del enfermo. Su deber ético es asistir, contener, comprender, ayudar.

No se trata de sublimar las presiones, sino que por imperativo mismo de la vida se le impone al médico un mandato personal e íntimo, que no rigen las leyes del hombre sino de sus propias convicciones, creencias y respeto por si mismo y por el otro.

La palabra del médico no es una palabra errante. Está fundada en saberes especiales y antes de pronunciarlas debe pensar sobre los efectos que producirá en quien espera ansioso su atención.

Quien cuida su decir protege su hacer y esta sugerencia no debe perderse en ningún sendero tecnológico donde sumergen a los humanos para convertirlos a veces en materia descarnada.

Ser médico es fundamentalmente ser persona y si esto no figura en la apretada agenda de los facultativos tiene que ser recordado para bien de todos.