Él tiene 92. Ella 76. Él se moviliza con andador. Ella en silla de ruedas. Él sufrió un ACV hace dos años, y estuvo internado unas horas en un famoso lugar adonde nunca llegó un médico a ver su tomografía, y del que se retiró por propia voluntad. Ella quedó confinada en su silla luego de cinco complejas operaciones de columna que inexplicablemente no salieron bien.
Tienen mucho en común. Son esposos. Comparten su vida hace más de medio siglo. Están solos. Sus ñañas de viejos les costaron su casa y su auto. Se dan vuelta como pueden con sus magras jubilaciones en su casita alquilada.
Llegaron una tarde en ambulancia a mi consultorio, con la férrea determinación del que sabe defender la dignidad de su existencia, a buscar una mejor calidad de vida para él. Dispuestos a pagar, pues con su no menos famosa obra social no pudieron lograr una respuesta.
Me quedé charlando con ellos, escuchando sus historias, aprendiendo de su filosofía de vida, admirada de su fortaleza, su camaradería, su entereza, su enorme lucidez. Enternecida cuando ella, mientras él intentaba explicarme algo, le acomodaba un rebelde mechón por detrás de la oreja. Conmovida, cuando luego de casi una hora, se les humedecieron los ojos cuando les comuniqué que no les cobraría nada, y que iría a su casa a trabajar con él.
Esperaron una hora más para que la ambulancia los devolviera a su refugio solitario. Nunca perdieron la sonrisa. Tienen claro que el sistema los ha olvidado. Que no le importan a nadie. Pero continúan aferrados a la vida, juntos y de la mano.
Quería compartirlo con usted, que se calza el jogging y las zapatillas y se va a correr por el parque con toda naturalidad. Con usted, que da la vida por sentada y se siente joven e inmortal. Pero también con usted: directivo, médico, enfermera o rehabilitador, para que se detenga unos segundos a pensar qué puede hacer por todas las personas como las de esta verídica historia, que se cruzan en su camino cada mañana, en su rutina de atender a "esos viejos mañosos" (sic), a los que hay que gritarles y repetirles diez veces las cosas. Que esperan horas y horas para recibir sus migajas esquivas, su brevísimo contacto visual, como si el testimonio de esa vida que tarde o temprano le llegará, le resultara insoportable.
Mientras tanto, nuestros queridos viejos esperan. Se van a la cama cada noche sin saber si tal vez será la última. Se levantan cada mañana con sus dolores, sus dificultades y limitaciones, deseando que alguien los escuche un poco. Que un profesional humano y afectuoso les dé una esperanza.
