El viernes después del Corpus Christi, la Iglesia celebra la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Es una fiesta de origen relativamente reciente y se debe a la petición que le hizo Jesús mismo en una de sus apariciones a Santa Margarita María de Alacoque en 1675 en el convento de Paray Le Monial (Francia), en la Borgoña, para que extendiera la devoción a su Sagrado Corazón: ‘He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres y que no ha ahorrado nada hasta el extremo de agotarse y consumirse para testimoniarles su amor. Y, en compensación, sólo recibe, de la mayoría de ellos, ingratitudes y desprecios. Pero lo que más me duele es que se porten así los corazones que se me han consagrado. Por eso te pido que el primer viernes después de la octava del Corpus se celebre una fiesta especial para honrar a mi Corazón, y que se comulgue dicho día para pedirle perdón y reparar los ultrajes recibidos”. En 1856, el papa Pío IX hizo extensiva esta fiesta a toda la Iglesia. La palabra ‘corazón” (en griego: kardía), aparece 148 veces en el Nuevo Testamento. Con tal término, en la mayoría de los casos, no se refiere al órgano corporal, sino a la vida interior. Indica también lo que más profundamente caracteriza a las personas. Por eso decimos que alguien tiene ‘buen corazón”, que es de ‘corazón duro”, o que actúa ‘sin corazón”. El Corazón de Jesús es un corazón humano que expresa sus sentimientos más profundos. Como afirma el Concilio Vaticano II: ‘Jesús amó con corazón de hombre” (Const. Gaudium et spes, 22). El Evangelio deja constancia de su ternura. Él es ‘manso y humilde de corazón” (Mt 11,29). Es compasivo con las necesidades de los hombres, sensible a sus sufrimientos. Su amor privilegia a los enfermos, a los pobres, a los que padecen necesidad, pues ‘no tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos” (Lc 5,31).
La Cruz del Señor es el momento supremo de la manifestación de su inmenso amor al Padre en favor nuestro. En el Calvario mostró un corazón traspasado por la lanza. Nos ‘amó hasta el extremo” (Jn 13,1), ya que ‘nadie tiene un amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15, 13). En su costado podemos contemplar un corazón abierto, porque la infinitud de su amor no debía quedarse encerrado, demostrando así la ternura sin límites. Esto es lo que ha querido el Papa Francisco al instituir el Jubileo extraordinario de la Misericordia: que la Iglesia viva y demuestre un amor que no tiene nada que ver con el dedo acusador sino con los brazos abiertos para recibir, incluir y salvar. Esto lo comprendió en modo perfecto santa Teresita del Niño Jesús: ‘Comprendí que la Iglesia tenía un corazón, un corazón ardiente de Amor. Comprendí que sólo el Amor impulsa a la acción a los miembros de la Iglesia y que, apagado este Amor, los apóstoles ya no habrían anunciado el evangelio, los mártires ya no habrían vertido su sangre. Comprendí que el Amor abrazaba en sí todas las vocaciones, que el Amor era todo, que se extendía a todos los tiempos y a todos los lugares. En una palabra, que el Amor es eterno” (‘Manuscritos autobiográficos”, B 3v). En un día caluroso de verano en el sur de la Florida un niño decidió ir a nadar en la laguna detrás de su casa. Salió corriendo por la puerta trasera, se tiró en el agua y nadaba feliz. No se daba cuenta de que un cocodrilo se le acercaba. Su mamá desde la casa miraba por la ventana, vio con horror lo que sucedía. Enseguida corrió hacia su hijo gritándole lo más fuerte que podía. Oyéndole, el niño se alarmó y viró nadando hacia su mamá. Pero fue demasiado tarde. Desde el muelle la mamá agarró al niño por sus brazos justo cuando el caimán le agarraba sus piernitas. La mujer tiraba determinada, con toda la fuerza de su corazón. El cocodrilo era más fuerte pero la mamá era mucho más apasionada y su amor no lo abandonaba. Un señor que escuchó los gritos se apresuró hacia el lugar con una pistola y mató al cocodrilo. El niño sobrevivió y, aunque sus piernas sufrieron bastante, aun pudo llegar a caminar. Cuando salió del trauma un periodista le preguntó si le quería enseñar las cicatrices de sus pies. El niño levantó la sábana y se las mostró. Pero entonces, con gran orgullo se remango las mangas y señalando hacia las cicatrices en sus brazos le dijo: ‘Pero las que usted debe ver son estas”. Eran las marcas de las uñas de su mamá que habían presionado con fuerza. ‘Las tengo porque mamá no me soltó y me salvó la vida”.
Todos llevamos en el corazón las cicatrices que ha dejado Jesús, cuando en los momentos difíciles de la vida, de modo apasionado buscó salvarnos sin pensar en él, pero sí en nosotros.

