Se celebran hoy los 25 años de la caída del Muro de Berlín. Ésta fue la ciudad símbolo de la división política en la Guerra Fría entre el sistema capitalista y el comunista. Tan así, que se construyó un muro para separar ambos sectores: el Este y el Oeste. Este histórico hecho comenzó con una escandalosa mentira y terminó con un grave error de apreciación.

El engaño fue obra de Walter Ulbricht, presidente del Consejo de Estado de la República Democrática Alemana (RDA). El 15 de junio de 1961, apenas dos meses antes de la instalación de las primeras alambradas de púas, Ulbricht proclamó que "nadie” tenía la "intención de erigir un muro”. La ceguera fue de su sucesor, Erich Honecker, cuando afirmó el 19 de enero de 1989 que esa herida fortificada que partía la ciudad en dos seguiría en su lugar "dentro de 50 o de 100 años”: diez meses después, se produjo su estrepitoso derrumbe.

Veinticinco años después de ese acontecimiento crucial en la historia de la humanidad, no queda casi nada de esa siniestra construcción de 43.100 metros de largo, que dividió Berlín durante 28 años. Sólo tres sitios de la ciudad conservan sus vestigios. El resto se limita a una discreta doble línea de adoquines que sigue el antiguo trazado.

Atrapado por la modernidad, el visitante tiene hoy dificultades para imaginar lo que era ese muro, formado por bloques de 3,5 metros de alto, 1,20 m de ancho y 2,75 toneladas de peso coronados por una alambrada de púas que se abría en V hacia ambos lados. Ese muro representaba un total de 55 kilómetros de largo e innumerables dramas humanos: 687 muertos sólo en Berlín.

¿Qué conclusiones sacar hoy de todo este camino de la historia? La primera es que el mundo ha cambiado ya mucho más de lo que creíamos, y que la dinámica de la historia ya no sólo nace en Europa y Estados Unidos. Esta descentralización de la hegemonía política no estaría mal si, como creía Francis Fukuyama luego de la caída del Muro de Berlín, la democracia se expandiera por todo el planeta erradicando la tradición autoritaria para siempre.

Por desgracia no ha sido así. Nuevas formas de autoritarismo, han sustituido a las antiguas, y es más bien la democracia la que empieza a retroceder en muchas partes del mundo. El desafío del mundo hoy es vivir una democracia que sea algo más que la ausencia de una dictadura.