En la maravillosa Exhortación apostólica "’Evangelii gaudium” del papa Francisco, se encuentra un pasaje que lo propongo para la meditación de este domingo. En el n. 85 afirma: "’Una de las tentaciones más serias que ahogan el fervor y la audacia es la conciencia de derrota que nos convierte en pesimistas quejosos y desencantados con cara de vinagre. Nadie puede emprender una lucha si de antemano no confía plenamente en el triunfo. El que comienza sin confiar perdió de antemano la mitad de la batalla y entierra sus talentos”. Quienes vencieron esa tentación, fueron los santos. Por eso presento el testimonio de dos de ellos: Luis Orione y Gianna Beretta Molla.

Quien vivifica el alma es ante todo el Espíritu Santo, colmando la distancia que existe entre nuestra relatividad y la omnipotencia de Dios, destruyendo los muros interiores, desatando los nudos mentales, generando un nuevo estilo de vida y otorgando el don de la fantasía de la caridad. "’Para hacer de un hombre un santo es necesaria la gracia. Quien dude de esto no sabe que es un santo ni que es un hombre”, ha afirmado en forma lapidaria Pascal en su obra "’Pensamientos”. Luis Orione, sacerdote fundador de la Congregación de la "’Pequeña Obra de la Divina Providencia”, amado en todo el mundo, especialmente en Argentina, país que visita por primera vez en 1921. Llega nuevamente a estas tierras el 24 de septiembre de 1934, acompañando al Legado papal cardenal Eugenio Pacelli, con motivo del Congreso Eucarístico Internacional, permaneciendo aquí hasta 1937.

Don Orione reclamaba a sus hermanos de Congregación un estilo apostólico emprendedor, "’de mangas arremangadas” como expresión de una espiritualidad dinámica. Rechazaba el inmovilismo y la mediocridad. De ahí su continua prédica: "’la caridad tiene hambre de acción; es una actividad que sabe de eterno y divino. No puede ser nunca ociosa”. Supo llevar a la práctica aquella expresión de San Bernardo: "’amor est in via” ("’el amor está siempre en movimiento”). La caridad resplandecía en la vida de Don Orione como el efecto de la fecunda experiencia con Dios. Con insistencia aconsejaba a sus seguidores: "’Es necesario que a cada paso que demos, se cree y florezca una obra de fraternidad, humanidad y caridad purísima y castísima”. Así fue el corazón de este hombre de Dios, que se encuentra expuesto en el Pequeño Cottolengo de Claypole (Bs. As). No conoció confines. No era un idólatra del "’hacer”, sino un "’loco de la caridad”.

Hay otro maravilloso ejemplo de una mujer, esposa y madre de familia, que a partir de hoy entra en el catálogo de los santos de la Iglesia. Es Gianna Beretta Molla, nacida en la provincia de Milán, el 4 de octubre de 1922. Después del Liceo Clásico comenzó la carrera de Medicina y Cirugía en la Universidad de Pavía. Terminó sus estudios en 1949, especializándose en Ginecología. "’Quiero formar contigo una familia rica de hijos como ha sido la mía, en la que he nacido y crecido”, había dicho a su marido Pietro. Tenían tres hijos. Cuando llegó la noticia del cuarto embarazo, como las otras veces fue acogido con alegría. Con éste llegó también el drama: al segundo mes de embarazo le descubren un fibroma que crece cerca del útero y que amenaza su salud y la misma vida del niño. Enseguida se da cuenta que delante de ella se pone una dramática alternativa: salvarse o salvar la criatura que está por llegar. Todos, familiares y médicos, han testimoniado unánimemente que su reacción fue la de privilegiar la vida que llevaba en su seno. El médico al que se dirigió, dice su hermano sacerdote, le dijo claramente: "’Si queremos salvar su vida tenemos que interrumpir el embarazo”, pero recibió una respuesta contundente: "’Profesor, ¡esto no lo permitiré nunca! ¡Es un pecado matar en el seno materno!”.

Dio a luz a una niña a la que llamaron Gianna Emanuela, quien tiene el privilegio de estar hoy cuando el Papa declare oficialmente santa, a su madre. A la semana del parto, murió luego de terribles sufrimientos causados por una peritonitis séptica. El gesto heroico de Gianna Beretta Molla nos lleva a pensar sobre un tema, que en nuestro tiempo es de gran actualidad: el aborto. Ella, como creyente, estaba profundamente convencida de que la criatura que crecía en su seno era una persona completa y, que como tal, digna del más grande respeto. Terminamos con algunas palabras que la misma Gianna dirigió a algunos jóvenes de Acción Católica de su pueblo natal en 1946: "’No tendría que pasar un día en la vida en el que no haya habido un poco de tiempo de recogimiento a los pies de Dios. Sembremos sin cansarnos nunca. No nos paremos mucho a pensar que pasará después. Y si después de haber trabajado en el mejor modo posible tenemos un insuceso, aceptémoslo generosamente: un insuceso bien aceptado por un apóstol que había puesto todos los medios a su alcance, es más beneficioso para la salvación que un triunfo”.