Las reflexiones sobre el origen del hombre han permanecido constantes en el tiempo. Desde la antigüedad el dualismo cuerpo-alma dominó el campo del discurso. Posteriormente en la Edad Media el teocentrismo reinante ubicaba a Dios como centro del universo. La Edad moderna despierta al ‘Yo’ de la razón como el fundamento de todo planteo. El radicalismo de la Contemporaneidad somete sus interrogantes entre la existencia y la evolución del hombre. En nuestro tiempo, aunque la totalidad de respuestas a las cuestiones sobre la vida del hombre no estén agotadas y no tengan una conclusión final, estamos en condiciones de afirmar una verdad provisional que se ajusta con mayor objetividad al marco de investigaciones por las cuales se trata de afirmar o confirmar si estamos solos o no en el universo.

Como la ciencia merece ser considerada a modo del máximo exponente al que el hombre está unido, es absolutamente necesario que este procure llegar a la verdad, no sólo en el ámbito del conocimiento sino también para el entorno de la realidad. Así, ambos sentidos deben confluir para que todos las variables posibles giren en eje a una idea central que dé sustento y firmeza, y por consiguiente un grado de certeza, a la experiencia del hombre. En definitiva se debe determinar si lo hallado o declarado es compatible con lo objetivo y lo subjetivo del hombre de ciencia, independientemente de ambos, pero dependiente a la verdad científica en virtud del principio de universalidad.

La ciencia trata de agotar lo disyuntivo al solo efecto de confirmar sin margen de refutabilidad. Consecuente con lo expresado, estamos en condiciones de afirmar nuestra Tesis: ‘Somos únicos en el universo, aunque no estamos solos’. Los puntos principales que la respaldan son: la capacidad en el hombre de amar y resolver en materia moral por un lado y por el otro el saberse acompañado de otros seres con los cuales puede o no interactuar.

Nuestra hipótesis por de pronto resiste a todo postulado científico y no científico y constituye una verdad provisional por lo que cualquier investigador o pensador podrá someter a crítica y/o contrastarla desde cualquier perspectiva.

Al hombre de ciencia le preocupa lo desconocido o por conocer sin muchas veces reparar sobre el detalle de lo que tiene frente a sus ojos, hasta quizás lo relativo a lo inconmensurable, define términos pero no profundiza en la materia de sus contenidos, será la ansiedad o el interés lo que lo domina o quizás el ‘desorden’ de sus intelectuales apreciaciones.

La propuesta actual que sostenemos es indagar más sobre la ‘energía biointencional’ donde la intención, afecta la energía misma y por consiguiente a la materia. El carácter intencional es el que gravita de manera estable y permanente como una constante, es como su similar de la ley de gravitación universal, un nuevo tipo de energía que vincula el porqué de la intención de un Ser superior, con el porqué de la intención del hombre y la existencia del universo o dicho de otra manera ‘hay un propósito implícito que hay que dilucidar’.